Data: marzo 23, 2014 | 11:23
columnista invitado

WILSON GARCÍA MÉRIDA | El Mar Aymara que perdimos

«Cuando Bolivia perdió su costa oceánica tras la guerra con Chile, nuestro país perdió también un invalorable patrimonio intangible al ser despojado de una población indígena estrechamente ligada a la cultura marítima…».

Las estrellas de mar eran para los sacerdotes indígenas estrellas caídas del cielo; y aún hoy son usadas por los yatiris bolivianos para potenciar esos mágicos inciensos llamados “k’oa”. Los lagos Poopó y Titicaca —conectados por el Desaguadero que nace en las estribaciones de Pampa Aullagas— eran una extensión natural del Océano Pacífico, que los marineros aymaras surcaban navegando en sus naves de totora hasta atravesar no sabemos qué confines…

Wilson García Mérida, periodista cochabambino. Director del Servicio Informativo Datos & Análisis. Autor de los libros “Un siglo en Cochabamba” e “Historia del Milagro”, además de incontables publicaciones dispersas en distintos periódicos y revistas dentro y fuera del país, es columnista de Los Tiempos desde 1983, fue Jefe de Redacción de dicho diario hasta 1998, corresponsal de La Razón en los años 90 y co-editor del semanario “El Juguete Rabioso” en el 2002.
Como periodista investigador, participó en la comisión investigadora del caso “Huanchaca” en 1986, y en 1990 develó las tramas del narcotráfico vinculada a la “inmobiliaria” Finsa, motivo por el cual sufrió un atentado en manos de un sicario de la mafia boliviana organizada durante el gobierno de Sánchez de Lozada.
Fue condecorado por el Concejo Municipal de Cochabamba con la Medalla al Mérito Juvenil en 1991 y en 1992 la Asociación de Periodistas de La Paz lo distinguió con la Medalla “Bautista Saavedra” por la Defensa de los Intereses Públicos.
En 1994, durante un viaje de trabajo a México, se vinculó con el movimiento civil zapatista, en el cual milita desde entonces como activista libertario.
Actualmente dirige el periódico amazónico de circulación nacional Sol de Pando que recibió mención especial en el Premio Nacional de Periodismo de los años 2011 y 2012. En 2013 Sol de Pando, bajo su dirección, recibió dos galardones de la Aplp en el Premio Nacional de Periodismo: al mejor trabajo de periodismo ambientalista elaborado por Silvia Antelo y como Mejor Periódico Digital.

Recordemos una vez más que la presencia aymara en las costas del Pacífico, que aún hoy es visible en el norte de Chile sobre las vecindades del pueblo mapuche, tiene una memoria larga.

Es un dato histórico incontrovertible que antes de la Guerra de 1879, sobre los territorios costeros, la mano de obra utilizada para la extracción del salitre y el guano era mayoritariamente indígena. Allí fueron masacrados importantes núcleos de habitantes originarios que transitaban en la zona intercambiando frutos de mar con productos agrícolas provenientes del altiplano. Ese milenario flujo aymara entre los Andes y el Pacífico, se había interrumpido violentamente por la Guerra.

Nuestra historia océanica se remonta a una hermosa leyenda, ligada al mar, según la cual el inca quechua Tupac Yupanki que gobernó entre 1471 y 1493 aproximadamente, se vio obligado a rendir culto a uno de los dioses más influyentes del mundo aymara, Pariacaca, exigiendo a cambio que, con su mediación, otras deidades colaboren con el Inca en su guerra contra los ayllus rebeldes del collasuyo. En medio de tsunamis y otros sismos, Pariacaca mandó al Cuzco a su hijo Macahuisa (Tunupa) para negociar la paz de un modo simple: Si el Inca quiere que los aymaras respetemos sus afanes civilizatorios, pues que desista de su compulsión monoteísta y medie para que el dios Inti (quechua) comparta su culto con las demás deidades (aymaras). Así el Inca quechua retrocedió en el plan monoteísta-dinástico de su Imperio, y oficializó el culto politeísta-comunitario que reclamaban los devotos aymaras desde el sur del Titicaca. Sociedad política y sociedad civil en perfecta armonía en la base del naciente Estado Comunitario.

Cuando el inca Tupac Yupanki y el dios Macahuisa (Tunupa) finalmente concertaron la paz, el Inca, que no logró cooptar con prebendas al hijo de Pariacaca, quiso celebrar el consenso convidando manjares al dios aymara, mandando matar una llama; pero Macahuisa, vegetariano, le dijo: “Yo no suelo comer estas cosas” y pidió que le trajeran corales, desde el mar.

“Mientras hablaba, de su boca salía un aliento muy denso cual si fuese humo verde. Se dice que cuando le trajeron corales, los comió con rapidez, ronzando, haciendo sonar k’ap, k’ap”, según relata un antiguo Manuscrito que narra la extirpación de idolatrías y es nuestra principal fuente de información al respecto.

Los corales son frutos de mar con los cuales los aymaras elaboraban deliciosos platillos en base a quinua. Las estrellas de mar eran para los sacerdotes indígenas estrellas caídas del cielo; y aún hoy son usadas por los yatiris bolivianos para potenciar esos mágicos inciensos llamados “k’oa”.

Los lagos Poopó y Titicaca —conectados por el Desaguadero que nace en las estribaciones de Pampa Aullagas— eran una extensión natural del Océano Pacífico, que los marineros aymaras surcaban navegando en sus naves de totora hasta atravesar no sabemos qué confines; o acaso siguiendo rutas saladas marcadas por cantos de sirenas, como Odiseo.

Cuando Bolivia perdió su costa oceánica tras la guerra con Chile, nuestro país perdió también un invalorable patrimonio intangible al ser despojado de una población indígena estrechamente ligada a la cultura marítima. El mar que perdimos en 1879 fue un mar aymara.
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Artículo publicado originalmente en Los Tiempos, 17 de marzo, 2013
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