Data: abril 2, 2017 | 6:23
COLUMNISTA INVITADA | ¿De quién se rodea un mediocre cuando está arriba? Obviamente no de personas que puedan hacerle sombra. Por eso en su corte celestial abundan los necios, los tontos útiles y, por supuesto, más mediocres...

Carmen Posadas | EL MUNDO ES DE LOS MEDIOCRES

¿Cómo un hombre poco elocuente, con una inteligencia rústica y cerrado acento georgiano logró abrirse paso entre camaradas mucho más brillantes que él y convertirse en uno de los hombres más poderosos y temidos de la Tierra? Precisamente por una para él venturosa conjunción de mediocridad y crueldad a partes iguales. A diferencia de los brillantes, que inevitablemente levantan envidias y recelo, los mediocres vuelan bajo el radar y poco a poco procuran hacerse imprescindibles…

© Artículo publicado originalmente en la revista XLSemanal, 2 de enero, 2017

ACERCA DE LA AUTORA
Carmen Posadas Mañé nació en Montevideo en 1953, reside en Madrid desde 1965, aunque pasó largas temporadas en Moscú, Buenos Aires y Londres, ciudad en la que su padre desempeñó cargos diplomáticos.
La colección de relatos titulada Nada es lo que parece (1997) la consagró como autora de éxito entre los lectores y críticos, distinción que ya había alcanzado con la publicación, un año antes, de su primera novela, Cinco moscas azules (1996).
Ha escrito, además, cerca de 20 libros de literatura infantil, entre ellos “El señor viento Norte”, que obtuvo el Premio del Ministerio de Cultura al mejor libro infantil editado en 1984, y es autora de una decena de ensayos y además de guiones para el cine y la televisión.
En el año 1998 gano el Premio Planeta con la novela “Pequeñas Infamias”. Su obra que ha sido traducida a 23 idiomas y se vende en más de 40 países con gran éxito de público y ventas en muchos de ellos.
De “Pequeñas Infamias” el New York Times comento que era: “una delicia que se derrite en la boca sostenida sobre una ácida y sorprendentemente trama de misterio”. Mientras que el Washington Post opinó que era “una novela que lo tiene todo, un decorado elegante, una construcción espacio temporal perfecto, unos personajes intrigantes y una escritura maravillosamente trabajada”.
En el año 2002 la revista Newsweek destaco a Carmen Posadas como una de las autoras latinoamericanas más destacadas de su generación
En el año 2001 publicó “La Bella Otero” que pronto será llevada al cine y en el año 2003 “El Buen Sirviente”.
En el año 2004 publicó “A la sombra de Lilith”. En ese mismo año gana el Premio Apeles Mestres de Literatura Infantil.
En abril del 2006 publica su novela “Juego de niños” y en el año 2007 publica “Literatura, Adulterio y una Visa Platino” y gana el Premio Sent Sovi de Literatura Gastronómica.
En febrero de 2008 publica, junto a su hermano Gervasio Posadas, “Hoy caviar, mañana sardinas”.
En Mayo de 2008 publica “Deseos de mujer” junto a Maríangeles Fernández, Clara Obligado y Pilar Rodríguez y recibe el Premio de Cultura de la Comunidad de Madrid.
En Septiembre de 2008 publica “La cinta roja”
En Octubre de 2010 publica “Invitación a un asesinato”. Desde este mismo año es profesora Honoris Causa por la Universidad Peruana de Artes Aplicadas.
En 2011 gana el Premio Camilo José Cela de periodismo y el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural, 2011, de manos de sus directores Fernando Rodríguez Lafuente y Ramón Pernas.
En enero de 2013 se publica “El testigo invisible”.
En el 2014 publica “Medea” y reedita “El síndrome de Rebeca” y gana el Premio Cartagena Novela Histórica.
Su última novela, “La hija de Cayetana”, se publicó en noviembre de 2016.
Ese mismo año del jurado de los Premios Rey de España le concedió el Premio Iberoamericano de Periodismo por el artículo “LaSoñar em Español”, publicado el 8 de agosto de 2016 y en el que la autora hispano-uruguaya hace una defensa de la lengua castellana en un momento de gran crecimiento del número de hispanohablantes en el mundo.
Es consejera de la Universidad Europea de Madrid donde se ha creado la Cátedra Carmen Posadas.

Llevo semanas leyendo una biografía de Stalin. Voy despacio, no solo porque es voluminosa (cerca de ochocientas páginas), sino porque lo que cuenta es tan aterradoramente inverosímil que a veces tengo que releer varias veces de pura perplejidad. No hablaré aquí de los veinte a cuarenta millones de víctimas que se le atribuyen. Tampoco de cómo con él se cumple, inexorable, ese refrán que dice que de “buenas intenciones está empedrado el camino del infierno”.

¿Sabían, por ejemplo, que la colectivización, es decir, su programa para optimizar la producción agrícola reemplazando las granjas de propiedad individual por koljoses comunales, provocó tal hambruna que los campesinos desesperados devoraban los cadáveres de sus hijos muertos de inanición? Descuiden, no voy a arruinarles la mañana de domingo con estas u otras atrocidades, sino que me gustaría reflexionar sobre esta curiosa frase del tío Josif, como a él le gustaba que lo llamasen: “El mundo es de los medíocres”, aseguraba, y lo hacía con conocimiento de causa. “Mediocre y oscuro”, así lo definió Trotsky al poco de conocerlo, sin sospechar que a no mucho andar Stalin lograría no solo eclipsar su rutilante estrella, sino hacer que palideciera también al astro rey de la revolución, el mismísimo Lenin.

¿Cómo un hombre poco elocuente, con una inteligencia rústica y cerrado acento georgiano logró abrirse paso entre camaradas mucho más brillantes que él y convertirse en uno de los hombres más poderosos y temidos de la Tierra? Precisamente por una para él venturosa conjunción de mediocridad y crueldad a partes iguales. Mediocridad para, en el comienzo de su andadura política, no levantar suspicacias. Una muy útil grisura que le permitió infiltrarse en las esferas dominantes hasta situarse, para asombro de todos, a la par de Lenin. Y crueldad para, primero, convertirse en imprescindible ocupándose del trabajo sucio y, más adelante, una vez alcanzado el poder, utilizándola como implacable arma política hasta hacer tristemente cierta esa otra frase suya que seguro conocen: “Una muerte es una tragedia, pero un millón de muertes es solo estadística”.

Siempre me han fascinado los mediocres. ¿Qué especial talento tienen para estar siempre en el lugar adecuado en el momento preciso? ¿Cómo consiguen alcanzar metas más elevadas que otras personas más inteligentes, más preparadas, más interesantes? Observando casos notables como el de Stalin pueden sacarse algunas conclusiones. A diferencia de los brillantes, que inevitablemente levantan envidias y recelo, los mediocres vuelan bajo el radar y poco a poco procuran hacerse imprescindibles. Incansables pelotas, los mediocres son tenaces, y cuentan con otra poderosa arma, su propio resentimiento, motor tanto o más útil que el entusiasmo, el idealismo, la inteligencia incluso. Los mediocres no serían tan peligrosos si, una vez alcanzada su meta, dejaran de pensar como mediocres. Pero no, cuando tienen éxito, y para proteger la situación que tanto les ha costado alcanzar y que tan grande les queda, se vuelven despóticos, dan órdenes absurdas, caprichosas, injustas.

¿De quién se rodea un mediocre cuando está arriba? Obviamente no de personas que puedan hacerle sombra. Por eso en su corte celestial abundan los necios, los tontos útiles y, por supuesto, más mediocres.

Otra de sus tácticas es, puesto que no pueden hacerse admirar, hacerse temer. Y bien que lo logran practicando el “divide y vencerás”, la arbitrariedad y hasta la crueldad más refinada. Paradójicamente, y por fortuna, la vida a veces se toma sus curiosas revanchas. En el caso de Stalin, por ejemplo, era tal el pavor que inspiraba que, al final de sus días, la parca le tenía reservada una sorpresa. Una noche le sobrevino un ataque cerebrovascular. Durante casi cuarenta y ocho horas estuvo agonizando sobre sus propios orines y excrementos sin que nadie se atreviera a abrir su puerta. Cuando por fin lo hicieron, los médicos no querían tocarlo siquiera (meses atrás había mandado fusilar a su galeno de cabecera). Su agonía se alargó durante días. No podía hablar ni mover un músculo, pero sí ver la cara de satisfacción de sus herederos políticos rodeando su cama. Un fin a la medida de tan cruel mediocre.

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