UN PUEBLO INDÍGENA EN AGONÍA FORZADA | Los cuatro últimos Pacahuara originarios, nacidos en Pando, sufren enfermedades y heridas con las que conviven silenciosamente en su destierro del Beni…

CÓMO CURAR AL PUEBLO PACAHUARA

La crisis médica ha visibilizado el grado de pobreza extrema en que sobrevive esta agonizante nación. | Fotomontaje Sol de Pando

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© Wilson García Mérida | Redacción Sol de Pando en Riberalta

Fotos & videos: Paul H. Alejandro García

Aquel 9 de noviembre de 2021, lo que anhelábamos como un reportaje puro y simple, pero tan ansiado en nuestro plan investigativo, se convirtió en un inesperado pendemonium. Desde nuestro primer contacto con Maro Yacu, en Cachuelita, el primer enclave Pacahuara, al recorrer el resto de esta mancomunidad indígena en territorio Chacobo —Motacuzal, Alto Ivon y Puerto Tujuré— la enfermedad está gobernando en todas su formas, una de ellas, la más letal, una crónica pobreza extrema terminal.

Cuando recogemos a Buca Yacu en Alto Ivón, rumbo a Puerto Tujuré donde tedremos el encuentro comunitario, su primer diálogo es hablarnos de sus dos hermanos menores enfermos. “Mi hermano Maro y también mi hermana Guadalupe”, los menciona con una mezcla de dolor y rabia en su mirada intensa. Vimos a Maro, lo tuvimos que dejar postrado en su hamaca.

La hamaca curandera de Maro Yacu | VIDEO

Llegamos por fin a Puerto Tujuré, son aproximadamente las 9 de una mañana veraniega.

Luego de entregarles el pan de Arani que llevamos como ofrenda de contacto (algo imprescindible, al tener ellos memoria y cultura de pueblo en aislamiento voluntario), más unos cuantos kilos de carne y arroz para compartir un asado comunitario, nos encaminamos hacia la choza de Toi Guadalupe. Es un dormitorio de madera en penumbras, los rayos del sol se filtran tenuemente por las rendijas de las ventanas cerradas, y al fondo la puerta semi abierta provee la ventilación necesaria que da una tensa frescura al ambiente. Su camastro está cubierto por un mosquitero ennegrecido.

Toi Guadalupe estaba postrada ahí, oculta, como huyendo de la muerte, llorando, llevando sus manos al vientre convulsionado por un dolor insoportable. Palpo su frente humedecida por la fiebre, tiene una temperatura extremadamente sofocante, capaz de detenerle en cualquier momento los latidos del corazón. Diez años antes su prima Busi Yacu padecía exactamente igual, totalmente abandonada por la salud pública antes de morir. “No hay medicamentos, no hay médico”, exclama Carmelo Ortiz Vaca, nuestro traductor, un joven chacobo emparentado con los Yacu. “Noay médico, noay doctor, noay nada”, protesta Buca en su español pacahuara, mientras mira con desesperación el lecho donde su hermana languidece; le pregunto desde cuándo Toi Guadalupe va soportando aquella tortura: “Mi tío Buca dice que desde anteanoche le empezó ese dolor”, dice el traductor. Dos días de agonía, sin ninguna atención médica, apenas con yerbas curanderas que no harán el milagro de salvarle la vida, con la fiebre en letal ascenso, traen a mi mente la imagen de Busi Yacu agonizando así en diciembre de 2012. Consulto a Gabriel Soria Aviana, el joven chacobo que nos brinda el servicio de taxi, si se podría, en nuestro largo viaje de retorno, improvisar dos camillas dentro la vagoneta para llevar a Toi y Maro al hospital de emergencias en Riberalta. “Aunque no se pudiera, hay que hacerlo”, afirma Gabriel.

El martirio de Toi Guadalupe | VIDEO

Minutos previos a empezar la entrevista comunitaria, me informan que Busi Pistia también tiene una dolencia que nadie curó: un tumor intensamente doloroso que brotó en su espalda a causa de la desnutrición. Pudimos filmar la herida. Enviamos el video al médico cobijeño Armando Salvatierra, galeno antiguo en el Hospital de la Universidad Federal de Paraná, Brasil. Es un lipoma fibrozado, según él. Era doloroso, explicó, “porque se enraizó en el músculo por la prolongada falta de atención médica para detener la inflamación”.

La espalda tumorosa de Busi Pistia | VIDEO

Las sorpresas no terminaban. Mientras Mery Ortiz, la esposa del capitán Rabi Alberto Chávez Yacu, cocinaba el asado en el comedor tribal de Puerto Tujuré, nos dirigíamos al cementerio de Alto Ivón para visitar las tumbas de las hermanas Busi y Baji Yacu. Se llega al panteón por un sendero abierto en los predios del colegio donde los alumnos están entrando a clases. En el estrecho camino voy detrás de Buca, habíamos avanzado unos 200 metros; de pronto se detiene, gira atrás, me mira y exclama: “¡meduele!”, mostrándome el empeine de su pie izquierdo. Es enorme absceso contenido por las correas cruzadas de su sandalia, dentro del tejido inflamado, bajo la piel, hay un fragmento de madera que se incrustó por la planta de su pie. “Fue hace más de dos años” —cuenta Erlin—, “él estaba yendo a recolectar castaña en el bosque y en el camino pisó una rama puntiaguda que atravesó la suela de su chinela que era muy delgadita por tanto uso, su chinela era muy vieja”. Evitaron que se infecte aplicándole un menjunje de plantas a base de patujú, que las antiguas mujeres Pacahuara usaban para esterilizar sus septos nasales. Su sobrina chamana no pudo extraerle la viga, le introdujo unas pinzas quirúrgicas intentando arrancar el trozo de madera adherido al músculo; pero el intenso dolor le hizo exclamar una interjección, “¡aquë aquë!”, equivalente en la lengua pacahuara del “¡ay!” español, relata Carmelo el traductor. Como toda materia orgánica, la madera se ha transformado en un doloroso pus que le obliga a detener su paso a medio caminar.

La viga en el pie de Buca Yacu | VIDEO

La prolongada ausencia del médico asignado al Centro de Salud de Alto Ivon implica un grave atentado a la salud de los originarios Pacahuara, contribuyendo al implacable etnocidio en curso. “Nadie se ha hecho responsable por la muerte de mi tía Busi, nadie ha querido darle una atención digna a mi madre que quizá podía seguir viviendo si la cuidaba el médico que tenía la obligación de cuidarla, a nadie le importa si estamos vivos o estamos muertos” reclama el capitán grande Rabi Alberto Chávez Yacu, hijo de Baji Yacu que falleció en diciembre de 2016.

La covid-19 se llevó a cinco allegados durante el año de la pandemia, uno de ellos fue el esposo chacobo de Toi Guadalupe, Oscar Chávez Toledo.

El Hospital Municipal de Riberalta es de segundo nivel, carece de médicos especialistas que puedan tratar con rigor a estos enfermos indígenas que presentan grados extremos de abandono en su salud; su infraestructura es precaria, con goteras en los techos y un presupuesto que no cubre las demandas de un buen funcionamiento hospitalario. Eso nos dice su Director, Marcelo Sirpa Apaza, cuando le informo sobre el perfil extraordinario de los cuatro pacientes indígenas y la necesidad de brindarles una atención médica con toda calidad y calidez, según manda la Constitución.

El doctor Sirpa está dispuesto a referenciar el traslado a Cochabamba, para que Buca, Maro, Toi Guadalupe y Busi Pistia puedan ser tratados en el Hospital Viedma, un hospital de cuarto nivel. “Todo depende de la valoración de nuestro equipo y de que el Ministerio de Salud disponga el traslado a Cochabamba” dice Sirpa. Nunca hubo tal valoración y se impuso que los últimos pacahuaras sean atendidos con las deficiencias propias de un hospital de segundo nivel.

Más de medio siglo de un etnocidio sistemático

Buca Yacu fue internado el 1 de diciembre para que le retiren quirúrgicamente el trozo de madera incrustado en su pie, transformado ya en tejido muerto.  Le extrajeron una masa putrefacta y viscosa. Mas, en ese hospital de segundo nivel nunca se sabrá qué otras dolencias aquejan al último patriarca Pacahuara. Se  niegan a internarle de inmediato porque, igual que sus hermanos, no está inscrito en el Sistema Único de Salud (SUS). Llegó a Riberalta con la misma polerita de campaña electoral, su única ropa nueva.

Con los primeros dos evacuados, Toi y Maro, nos dimos contra la pared de una indolencia médica institucionalizada. Nos exigieron comprar medicamentos para devolver al hospital los que ya les habían suministrado. A Maro le dieron de alta en menos de 24 horas dejándole desguarnecido en la calle; ese maltrato nos obligó a buscar un auxilio en Cochabamba, llamando al Secretario General de la Gobernación cochabambina, José de la Fuente Jeria, quien emprendió una gestión ante el Ministerio de Salud para impedir que Toi Guadalupe reciba el mismo maltrato. Funcionó. Toi permanecio más tiempo en el hospital y fue devuelta a su comunidad en la respectiva ambulancia. Buca y Busi Pistia abordarían después la misma ambulancia de ida y vuelta.

Los familiares que han llegado a la ciudad para cuidar a sus mayores, además de soportar el peso de la deficiencia hospitalaria que descarga sobre ellos la obligación de comprar medicamentos caros y tramitar exámenes de laboratorio —que es competencia del personal médico y administrativo del establecimiento—, deambulan en las calles buscando un hospedaje cercano al hospital, y quien les de comer. No tienen un centavo en el bolsillo, ni para pagar un radiotaxi. La crisis médica ha visibilizado el grado de pobreza extrema en que sobrevive esta agonizante nación. Las oficinas de su organización, la CIRABO, están a oscuras por falta de pago del servicio de luz.

SOL DE PANDO IMPRESO | La historia de un etnocidio

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Esta separata en la edición Nro. 22 de julio del 2011, motivó la incautación de 2.000 ejemplares en Cobija, por órdenes del Gobernador de Pando y el Ministro de la Presidencia.

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