SOPA DE MANÍ | A diferencia de nuestro colega peruano, quienes hemos combatido a la narco-dictadura de 1980 desde una resistencia insurreccional, sabemos que la democracia neoliberal que devino tras el fracaso de la UDP no ha sido capaz, ni lo será, de erradicar a fondo las huellas de la cocaína dejadas por García Meza y Arce Gómez en el Estado boliviano, incluso en el Estado Plurinacional. Parte de esa deuda histórica era también con Marcelo Quiroga Santa Cruz...

Walter Chávez sobre los narco-vínculos

© Wilson García Mérida | Columna Sopa de Maní
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En entrevista publicada el mes pasado por El Deber, el periodista Walter Chávez declaró que la creciente evidencia de que el régimen boliviano se halla inocultablemente infiltrado por el narcotráfico no es un gran problema político, mucho menos electoral.

Insinúa que las develaciones emergentes del caso Montenegro y sus nexos con altos mandos policiales son casi anécdotas, nada más. “Por la información que se expuso, no se trataría de un cártel poderoso sino de una red menor de traficantes y policías coludidos por alguna ventaja pecuniaria, de manera que no creo que tenga mucha incidencia en el campo electoral”, declaró Walter en dicha entrevista.

Muy poco significaría para nuestro colega que Montenegro sea un peón decisivo del narcotráfico boliviano dentro la estructura de la Ndrangheta, el cartel de la mafia calabresa —una de las más violentas del mundo y principal distribuidora planetaria de la cocaína andina actualmente— que tiene un profundo arraigo especialmente en la sociedad cruceña desde las épocas del temible Marco Marino Diodato.

Diodato, no olvidemos, llegó de Italia a Bolivia durante la narco-dictadura militar de García Meza y Arce Gómez, período en la historia nacional que marca un hito en la constitución estatal del narcotráfico con características peculiarmente bolivianas. Walter no conoció este período pre-democrático del país, pues el intelectual peruano se refugió en Bolivia en 1992, huyendo de Fujimori y Vladimiro Montecinos, diez años después del narco-desastre garcíamecista que tendría, y tiene, una larga onda en la historia de Bolivia.

A diferencia de Walter Chávez, quienes hemos combatido a la narco-dictadura de 1980 desde una resistencia insurreccional, sabemos que la democracia neoliberal que devino tras el fracaso de la UDP no ha sido capaz, ni lo será, de erradicar a fondo las huellas de la cocaína dejadas por García Meza y Arce Gómez en el Estado boliviano, incluso en el Estado Plurinacional. Parte de esa deuda histórica era también con Marcelo Quiroga Santa Cruz, cuyo asesinato se originó en sus denuncias de corrupción y narcotráfico en el entorno garciamecista del general Hugo Banzer (cuyo asesor de Inteligencia y Seguridad en su segundo gobierno resultó siendo nada menos que el actual Ministro de la Presidencia).

Mientras nosotros entroncamos la profundización libertaria de la democracia en la lucha ética de Quiroga Santa Cruz contra la narco-dictadura militar del 80, Chávez parece entroncar su mirada del proceso boliviano en los asaltos a remesas universitarias del Ejército Guerrillero Tupac Katari (EGTK), al menos así lo demostró cuando promovió fervorosamente a García Linera como acompañanate de Evo Morales en las elecciones del 2005, mientras que el entronque con la resistencia a la narco-dictadura garciamecista indicaba que el binomio ideal, ético-popular, debía formarse en ese momento entre José Antonio Quiroga Presidente y Evo Morales Vicepresidente, en ese orden.

Quiroga, sobrino y principal discípulo de Marcelo, debía encargarse de barrer la basura neoliberal y cocainera dentro el Poder Ejecutivo, como Presidente; y Evo, Vicepresidente, acumular fuerzas desde el Legislativo o la Constituyente para dar el salto cualtitativo indigenal en una legislatura posterior o con una nueva Constitución, recién entonces Evo Presidente Indígena, de verdad, en el naciente Estado Comunitaro. Surgió esa propuesta «etapista» en virtud a dicho entronque histórico, durante una epifánica madrugada en que cerrábamos una edición del Juguete Rabioso en los talleres de Plural. Walter hizo suya la idea, junto a Filemón Escóbar, pero revirtiendo el orden, lo que inviabilizó ese binomio fundacional (de lo cual fui responsabilizado por Filemón cuando Quiroga rechazó ser Vicepresidente de Evo) y puso en escena, y en el Poder, a los García Linera y su «ejército katarista» inviable e inservible sin el Mallku. 

A Evo se le ha forzado administrar un Estado monstruosamente corrupto y cocainero, y no pudo con él; el resultado es este frankenstein político: Pichicateros ex adenistas, ex emenerristas, hoy cheguevaristas (sin saber quien fue el Che) que aspiran a ser jueces del Estado Plurinacional; narco-prostitutas y beldades teñidas de rubias falsas postulando a diputadas y senadoras del prorroguismo narco-estalinista, eficazmente apadrinadas por el influyente mentor. El glamour plurinacional que hace de la cocaína el demiurgo del éxito y del buen vivir. La inocente y comunitaria hoja de coca colonizada por la cocaína fascista. Me asusta que Walter Chávez asuma y avale esta realidad negando su esencia letalmente contrarevolucionaria.

“En Bolivia, desde los tiempos de Roberto Suárez y ese mito un tanto pintoresco y sobredimensionado que se cuenta de él” —sostiene Walter—, “no hubo grandes capos de la droga. Por otra parte, el narcotráfico no es en el país una amenaza de disolución social porque no ejerce violencia, como en países como México o Colombia, en su momento”.

Evidentemente, tanto la ley que amplió la expansión de la coca excedentaria y no acullicable del Chapare, así como la tolerancia absoluta con familias de narcotraficantes dentro el Estado Plurinacional (surgidas durante García Meza y no precisamente en torno a Roberto Suárez) que se han alineado con la “revolución indígena” y son grandes aportantes en filas del MAS, garantizan un escenario aparentemente no violento, pero siempre favorable al capitalismo apátrida y colonizante de la cocaína.

La estrecha amistad y complicidad que existe entre tipos como Quintana y Romero con pichicateros que transitan libremente y con protección estatal entre el Chapare, Yapacaní, San Matías y los municipios benianos lindantes con Brasil, es una frágil garantía de paz que puede romperse apenas afloren rivalidades entre las narco-facciones que detentan el botín del Estado en sus territorios fronterizos. Obviamente combatirlos y romper con ellos, «buenos tipos» habitualmente, implicaría baños de sangre latentes como los que provocó Diodato en las calles de Santa Cruz en los noventa, o formas de violencia inéditas que ya hemos visto a través del narco-abogado Yasmany Torrico Leclere, perteneciente a una banda que opera en la frontera con Chile intercambiando cocaína con autos «chutos» y también secuestrando deudores al proveedor.

Tal vez, entendiendo el razonamiento de Walter, aún podríamos estar a tiempo de poner en el tapete del debate nacional la posibilidad de legalizar la cocaína como una forma de administrar pacífica y racionalmente el exceso de coca chapareña no acullicable; y quizá negociar con los narcos amigos de Quintana y Romero un arrepentimiento pactado que contemple la donación al Estado de sus multimillonarios bienes y excedentes generados por la producción y exportación ilícita de la droga gracias a ese Estado que aspira al Socialismo. 

O tal vez podríamos aún exigir y convencer a Evo Morales que asuma su posible re-postulación y re-elección como una gran oportunidad histórica para reconducir el «proceso de cambio» desde una real perspectiva indígena y revolucionaria, apartando a tipos nefastos como Quintana y Romero del hermético entorno palaciego. 

O tal vez no más volver a la resistencia y a la clandestinidad, con el testamento bajo el brazo, exactamente como en los tiempos de García Meza y Arce Gómez.sopa de mani

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