Data: Febrero 8, 2015 | 3:15
columnista invitado

WILSON GARCÍA MÉRIDA | Cocaína: droga fascista y neo-colonial

No hay droga más colonizante que la cocaína. Transformar la coca en cocaína corrompiendo los alcaloides con fines viciosos es el acto más desvergonzado e impune de colonialismo. El enemigo principal de la hoja de coca es la cocaína, no el imperialismo yanqui necesariamente. La contradicción entre la inocente hoja de coca  y la cocaína maldita no es política, sino ética y cultural…

EL AUTOR Wilson García Mérida, periodista. Director del Servicio Informativo Datos & Análisis. Autor de los libros “Un siglo en Cochabamba” e “Historia del Milagro”, además de incontables publicaciones dispersas en distintos periódicos y revistas dentro y fuera del país, es columnista de Los Tiempos desde 1983, fue Jefe de Redacción de dicho diario hasta 1998, corresponsal de La Razón en los años 90 y co-editor del semanario “El Juguete Rabioso” hasta el 2002. Como periodista investigador participó en la comisión investigadora del caso “Huanchaca” en 1986, y en 1990 develó las tramas del narcotráfico vinculada a la “inmobiliaria” Finsa, motivo por el cual sufrió un atentado en manos de un sicario de la mafia organizada durante el gobierno de Sánchez de Lozada, salvando la vida milagrosamente. Entre sus varias y conocidas investigaciones periodísticas se destacan las que publicó en relación a actividades clandestinas que desarrollaron los embajadores norteamericanos David Greenlee (2002) y Phillip Goldberg (2007) cumpliendo planes de la CIA para desestabilizar la democracia boliviana. En base a los informes del periodista, en el 2008 el gobierno de Evo Morales expulsó del país al embajador Goldberg. Fue condecorado por el Concejo Municipal de Cochabamba con la Medalla al Mérito Juvenil en 1991 y en 1992 la Asociación de Periodistas de La Paz lo distinguió con la Medalla “Bautista Saavedra” por la Defensa de los Intereses Públicos. En 1994, durante un viaje de trabajo a México, se vinculó con el movimiento civil zapatista, en el cual milita desde entonces como activista libertario. Actualmente dirige el periódico amazónico de circulación nacional Sol de Pando que recibió mención especial en el Premio Nacional de Periodismo 2011. Este periódico fue fundado en el 2009 a iniciativa suya como parte de una consultoría para el Ministerio de la Presidencia, con el cual rompió un año después enarbolando la Autonomía Informativa de este medio, ante la pretensión del ministro Juan Ramón Quintana de instrumentar a Sol de Pando con fines de manipulación y desinformación. Por ese motivo , el periodista y su equipo son objeto de permanente persecución y proscripción. En julio del 2011 Quintana ordenó la confiscación de 2.000 ejemplares de Sol de Pando en Cobija. En octubre del 2102 García Mérida y la Gerente de Sol de Pando, Silvia Antelo, buscaron refugio en el Brasil huyendo de un intento de secuestro y posterior eliminación física por parte de sicarios vinculados al Ministro de la Presidencia. El Gobierno se niega a brindar garantías que García Mérida exigió reiteradamente.

EL AUTOR
Wilson García Mérida, periodista. Director del Servicio Informativo Datos & Análisis. Autor de los libros “Un siglo en Cochabamba” e “Historia del Milagro”, además de incontables publicaciones dispersas en distintos periódicos y revistas dentro y fuera del país. Columnista de Los Tiempos desde 1983, fue Jefe de Redacción de dicho diario hasta 1998, corresponsal de La Razón en los años 90 y co-editor del semanario “El Juguete Rabioso” hasta el 2002.
Como periodista investigador participó en la comisión investigadora del caso “Huanchaca” en 1986, y en 1990 develó las tramas del narcotráfico vinculada a la “inmobiliaria” Finsa, motivo por el cual sufrió un atentado en manos de un sicario de la mafia organizada durante el gobierno de Sánchez de Lozada, salvando la vida milagrosamente. Entre sus conocidas investigaciones periodísticas se destacan las que publicó en relación a actividades clandestinas que desarrollaron los embajadores norteamericanos David Greenlee (2002) y Phillip Goldberg (2007) cumpliendo planes de la CIA para desestabilizar la democracia boliviana. En base a los informes del periodista, en el 2008 el gobierno de Evo Morales expulsó del país al embajador Goldberg.
Fue condecorado por el Concejo Municipal de Cochabamba con la Medalla al Mérito Juvenil en 1991 y en 1992 la Asociación de Periodistas de La Paz lo distinguió con la Medalla “Bautista Saavedra” por la Defensa de los Intereses Públicos.
En 1994, durante un viaje de trabajo a México, se vinculó con el movimiento civil zapatista, en el cual milita desde entonces.
Dirige el periódico amazónico de circulación nacional Sol de Pando que recibió mención especial en el Premio Nacional de Periodismo de los años 2011 y 2012- En los años 2013 y 2014 recibió el Premio Nacional de Periodismo Digital por mejores trabajos publicados en este formato.

Que la coca no es cocaína, inobjetable. A la hoja de coca debo memorables desvelos en mi trabajo y mis cavilaciones; es mi fiel compañera —y con ella el pródigo termo de cafecito yungueño— para cada trasnoche de obligada faena lidiando con verbos, adverbios, adjetivos y duendes de papel. Santa es la hoja de coca que acullico venerándola agradecido por la fructífera y suave insomnia.

Y no digo lo mismo, ni lo haré jamás, de aquella basura química y neocolonial llamada cocaína. Sustancia impura mientras más se refina industrialmente, para la cual no ahorraré adjetivos maledicentes ni mucho menos interjecciones de muy mal gusto, porque se las merece, droga de mierda.

He perdido amigos y amigas que cayeron víctimas de la adicción a este polvo tramposo y concupiscente que no sólo descuajeringa el sistema nervioso central ni produce letales paros respiratorios; también engendra zombis hiperactivos, gentes insensibles e indolentes, carentes de solidaridad social, incapaces de donar amor al prójimo, individualistas, ansiosos de poder, ansiosos de ansiedad, colonizados.

No hay droga más colonizante que la cocaína. Transformar la coca en cocaína corrompiendo los alcaloides con fines viciosos es el acto más desvergonzado e impune de colonialismo.

El enemigo principal de la hoja de coca es la cocaína, no lo es el imperialismo yanqui necesariamente. La contradicción entre la inocente hoja de coca  y la cocaína maldita no es política, sino ética y cultural:

• La cocaína es la decadencia de occidente, el fin de una civilización; la hoja de coca es el esplendor de una memoria que pervive,  el retorno al origen.
• La cocaína es individualista, ególatra y megalómana; la hoja de coca es social, comunitaria y solidaria.
• La cocaína es el símbolo del poder político parasitario y del codicioso privilegio; la hoja de coca es emblema de resistencia y de una vida austera y laboriosa.
• La cocaína produce hipocresía y doble moral; la hoja de coca implica transparencia y honestidad.
• La cocaína está en la sociedad política, es estadólatra, partidócrata y mafiosa; la hoja de coca está en la sociedad civil, es comunitaria, libertaria y vulnerable.
• La cocaína es fascismo y populismo, la hoja de coca es democracia y revolución.

El neoliberalismo de ayer —tan satanizado por los “descolonizadores” de hoy— practicó una tolerancia fáctica con la cocaína por razones financieras e ideológicas, pues la droga era funcional al régimen. Pero ahora los “descolonizadores” parecen ser funcionales a la cocaína, por sus modos de proceder.

¿Qué ha hecho el “viceministro de descolonización” para descolonizar la defensa de la hoja de coca liberándola del estigma cocainero? Nada. Como nada se hace en Todos Santos para proteger a la T’anta Wawa del Halloween, como nada se hará en Navidad para hacer prevalecer el Pesebre ante el mercader Papa Noel.

Pero no es tarde aún para enarbolar una defensa creativa y descolonizadora de la hoja de coca, repudiando sin ambages el nuevo auge productivo de la cocaína que se alimenta por unos cultivos excedentes, innecesarios y corruptos. El cultivo excedentario es la colonización de la hoja de coca secuestrada por el narcotráfico.

Este reaccionario y colonial “boom” de la cocaína nos va corroyendo las entrañas como sociedad y como país, trae sus sicarios y su cultura de muerte que se van infiltrando irremediablemente en ciertos pliegues del mismísimo Estado.

Artículo publicado originalmente en Los Tiempos, el 11 de noviembre del 2012
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