Data: octubre 2, 2014 | 12:16
columnista invitado

DAVID TOSCANA | El día que abuchearon a Von Karajan

ACERCA DEL AUTOR | David Toscana es un escritor mexicano nacido en Monterrey, Nuevo León, en 1961. Se graduó como Ingeniero Industrial y de Sistemas en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM). Comenzó a escribir cuando tenía 29 años. Sus influencias literarias incluyen a los clásicos españoles Cervantes y Calderón de la Barca y los escritores latinoamericanos Juan Carlos Onetti y José Donoso. En 1994 formó parte del International Writers Program, en la Universidad de Iowa, y, en 2003, del Berliner Künstlerprogramm. Su novela El último lector recibió los premios Antonin Artaud, el Premio Bellas Artes de Narrativa Colima para Obra Publicada y el Premio José Fuentes Mares. En 2008 recibió el Premio Casa de las Américas de Narrativa José María Arguedas por El ejército iluminado.Sus libros publicados son: Las bicicletas (1992), Estación Tula (1995), Historias del Lontananza [(colección de cuentos)(1997), Santa María del Circo (1998), Duelo por Miguel Pruneda (2002), El último lector (2005), El ejército iluminado (2006). Los puentes de Königsberg (2009) y La ciudad que el diablo se llevó (2012).

ACERCA DEL AUTOR
| David Toscana es un escritor mexicano nacido en Monterrey, Nuevo León, en 1961. Se graduó como Ingeniero Industrial y de Sistemas en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (Itsem). Comenzó a escribir cuando tenía 29 años. Sus influencias literarias incluyen a los clásicos españoles Cervantes y Calderón de la Barca y los escritores latinoamericanos Juan Carlos Onetti y José Donoso. En 1994 formó parte del International Writers Program, en la Universidad de Iowa, y, en 2003, del Berliner Künstlerprogramm. Su novela El último lector recibió los premios Antonin Artaud, el Premio Bellas Artes de Narrativa Colima para Obra Publicada y el Premio José Fuentes Mares. En 2008 recibió el Premio Casa de las Américas de Narrativa José María Arguedas por El ejército iluminado.Sus obras publicadas son: Las bicicletas (1992), Estación Tula (1995), Historias del Lontananza [(colección de cuentos)(1997), Santa María del Circo (1998), Duelo por Miguel Pruneda (2002), El último lector (2005), El ejército iluminado (2006). Los puentes de Königsberg (2009) y La ciudad que el diablo se llevó (2012).

En cierta ocasión dejé sobre la mesa del aparato de sonido un casete con valses de Strauss. Supuse que era lo más aceptable para comenzar. Por supuesto, le había quitado la etiqueta original y coloqué otra que decía “Las mejores cumbias del año”. Durante ese mismo turno alguien mordió el anzuelo…

Una vez trabajé para cierta empresa que fabricaba ropa de algodón. Aunque las máquinas de coser, cortadoras y los aparejos para trazar los patrones no hacían mucho ruido, el ambiente sonoro me era insoportable, pues se habían instalado poderosas bocinas que por siempre bombardeaban el área de trabajo con música grupera. A veces eran CD o casetes; a veces era el radio con más comerciales que canciones.

Casi como en una discoteca había que subir la voz para hablar con la persona que se hallara a un lado. Detesté cada minuto de ese empleo sin siquiera aprender un paso de baile.

“A las muchachas les gusta”, me decía el director de la fábrica, que además regenteaba un pequeño harén.

Por supuesto yo entendía que la monotonía de su trabajo se disimulaba con la monotonía de la música, pero a mí me resultaba difícil hacer mis labores de números y ecuaciones con tanto ruido.

En cierta ocasión dejé sobre la mesa del aparato de sonido un casete con valses de Strauss. Supuse que era lo más aceptable para comenzar. Por supuesto, le había quitado la etiqueta original y coloqué otra que decía “Las mejores cumbias del año”. Durante ese mismo turno alguien mordió el anzuelo.

No tenía Von Karajan ni dos minutos dirigiendo a la Filarmónica de Berlín cuando comenzaron a escucharse los abucheos. Muy pronto la supervisora sacó el casete y puso el radio.

Supongo que en ninguna sala de conciertos le fue tan mal al director austriaco como en ese jacalón industrial. No sé si las costureras lo silbaron porque preferían a Toscanini, o si resultó que ningún profeta tiene honra entre los suyos, pues Von Karajan había pertenecido a una familia de fabricantes textiles.

Pensé en la industria tabaquera de Cuba. Allá es fecha que aprecian a los lectores de tabaquería. Cortar hojas y enrollarlas no es muy ruidoso, así que alguien puede tomar un libro y leer en voz alta mientras la gente sigue trabajando. A la vuelta de diez, veinte o treinta años de realizar el oficio, ¿cuántos libros se habrán escuchado?

De ahí que algunos puros tengan nombres de clásicos de literatura, como los Romeo y Julieta o los Montecristo o los Sancho Panza. Benito Juárez trabajó enrollando tabaco cuando estuvo exiliado en Nueva Orleáns, pero nadie ha hecho el homenaje de crear los cigarros Benemérito de las Américas.

Soy hombre de poca fe y no volví a intentar el cambio de música en la fábrica. Llegué a pensar que me equivoqué al comenzar con valses. El error tuvo que ser mío, puesto que todo ser humano con alma ha de preferir a Johann Sebastian que a Joan Sebastián. Es natural que las puntadas de la máquina de coser exijan un ritmo más rápido. Quizás la costura iba mejor con La marcha de Radetzky o un allegro de Händel o de una vez El vuelo del abejorro, aunque la gente pensara más en el Avispón Verde que en Rimsky–Korsakov.

Si Toscana hubiese sido más persistente, amigo lector, hoy usted usaría calzones Monteverdi y calcetines Mendelssohn Bartholdy. Cien por ciento algodón en si bemol.

Artículo publicado originalmente en la revista Milenio, 1 de marzo, 2014
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