Data: octubre 5, 2013 | 3:22
Silencio y Poesía en la obra del mejor mimo del mundo...

UN ÍCONO DEL SIGLO 21 LLAMADO BIZOT

Bizot en La PazEn el mes transcurrido la cultura boliviana se engalanó con eventos de magnitud internacional como el Festijazz expandiéndose exitoso desde La Paz a otros departamentos, el Festival Nacional de Teatro Peter Travesí que reúne en Cochabamba a los mejores actores y actrices de todo el país, y la llegada anual del mundialmente célebre mimo Philippe Bizot, para quien Bolivia es una extraña musa que inspira buena parte de su obra. Bizot en CochabambaLa genialidad de este actor francés que elevó el arte de la pantomima a los extremos poéticos más conmovedores, es reconocida en el mundo como un fenómeno comunicacional que borró las fronteras del idioma. Llega al país cada año sin fallar desde 1995 y luego volverá a la China, donde dirige una escuela. No pudimos dejar de verlo en su última presentación en Cochabamba, antes de que partiera a Sucre y La Paz…

© Wilson García Mérida | Tomado de la Revista OH | Los Tiempos

Conocemos en Cochabamba a Philippe Bizot desde hace dos décadas; llegó por primera vez a nuestra ciudad invitado por la Alianza Francesa en 1995 gracias a una atinada gestión realizada por su entonces directora doña Marie France Trigo. A partir de ahí Bizot no dejó de venir cada año; Cochabamba figura indefectiblemente en su agenda anual de giras mundiales que realiza hace 40 años, y ahora lo ven también en La Paz, Oruro, Sucre y Santa Cruz.

Primeras Presentaciones

Su último debut en nuestra ciudad fue el mismo día en que celebraba su onomástico —19 de septiembre— y el público que fue tuvo el raro privilegio de verlo actuar con un plus de carga emocional, fundamental en el arte de la Pantomima, al menos en el arte que practica este maestro francés, discípulo del legendario Marcel Marceau al que superó en técnica y calidad narrativa.

ENTRE BIZOT Y EL SUBCOMANDANTE MARCOS: EL SILENCIO COMO MÉTODO DE LUCHA El silencio de Bizot es como el pasamontañas del subcomandante Marcos: expresa voces y rostros múltiples, habla y obra desde la multitud. Como el Sub sin el pasamontañas, Bizot sin el silencio es nadie, nada. El pasamontañas de Bizot es el maquillaje blanco en el rostro, y el silencio del Subcomandante se dejó oir bajo la lluvia y el arcoíris el 21 del mes 12 del 2012: el día del comienzo del Pachacuti anunciado por los profetas mayas que dejaron escritas sus profecías en el libro sagrado del Chilam Balam. Aquel día, decía la crónica en Sol de Pando, sin proferir ni una sola consigna, sin gritar vivas ni mueras para nadie, en absoluto y respetuoso silencio, tan solo musitando palabras de amor para los seres queridos que les acompañaban, entre ellos niños cargados en las espaldas, aproximadamente 20.000 indígenas zapatistas bajaron desde las montañas, ingresando pacíficamente a varias ciudades del Estado de Chiapas. Con su silencio, los humildes volvían a exigir democracia, libertad y justicia. Al final del día, el subcomandante insurgente Marcos emitió aquel comunicado que pasó la historia como un elogio al silencio como método de lucha: "¿Escucharon? Es el sonido de su mundo derrumbándose. Es el del nuestro resurgiendo. El día que fue el día, era noche. Y noche será el día que será el día..." Con lo que quedó demostrado que Bizot estaba en lo cierto.

ENTRE BIZOT Y EL SUBCOMANDANTE MARCOS:
EL SILENCIO COMO MÉTODO DE LUCHA
El silencio de Bizot es como el pasamontañas del subcomandante Marcos: expresa voces y rostros múltiples, habla y obra desde la multitud. Como el Sub sin el pasamontañas, Bizot sin el silencio es nadie, nada. El pasamontañas de Bizot es el maquillaje blanco en el rostro, y el silencio del Subcomandante se dejó oir bajo la lluvia y el arcoíris el 21 del mes 12 del 2012: el día del comienzo del Pachacuti anunciado por los profetas mayas que dejaron escritas sus profecías en el libro sagrado del Chilam Balam.
Aquel día, decía la crónica en Sol de Pando, sin proferir ni una sola consigna, sin gritar vivas ni mueras para nadie, en absoluto y respetuoso silencio, tan solo musitando palabras de amor para los seres queridos que les acompañaban, entre ellos niños cargados en las espaldas, aproximadamente 20.000 indígenas zapatistas bajaron desde las montañas, ingresando pacíficamente a varias ciudades del Estado de Chiapas. Con su silencio, los humildes volvían a exigir democracia, libertad y justicia.
Al final del día, el subcomandante insurgente Marcos emitió aquel comunicado que pasó a la historia como un elogio al silencio en tanto método de lucha:
«¿Escucharon?
Es el sonido de su mundo derrumbándose.
Es el del nuestro resurgiendo.
El día que fue el día, era noche.
Y noche será el día que será el día…»
Con lo que quedó demostrado que Bizot estaba en lo cierto.

El silencio no miente

Bizot tiene un don singular. Hace que su silencio nos deje ver las cosas invisibles con toda su esencia y sus sustancias. La pantomima, para él, no es una actividad solamente. “Es mi vida”, afirma. Se consagró a ese arte religiosamente, por el cual ejerce una especie de celibato espiritual, pues su relación con la pantomima “nació como nacen las historias de amor”. Cuenta que cuando tenía ocho años, en su ciudad natal de Burdeos, asistió a una presentación del célebre Marcel Marceau y al verlo su vida quedó marcada. “Ver a Marceau me convenció que mi silencio era mi fuerza”, recuerda.

Una muestra inequívoca de esa capacidad de crear imágenes en la nada y bajo absoluto silencio, con nada más gesticular el rostro, mover las manos y el cuerpo en códigos que son su secreto, pudimos apreciar durante su reciente presentación en Cochabamba. Como es habitual en sus presentaciones desde hace 40 años, al concluir su repertorio ofrece al público representar personajes o situaciones “a pedido”. Y aquí viene mi testimonio:

Mi hijo pequeño Paul Huáscar —futbolista como el ch’iti Olivio en la comuna zapatista de La Esperanza— le pidió al mimo recrear un gol estilo Messi en una final de infarto, y Philippe Bizot lo hizo mejor que Messi, Maradona y Pelé juntos. Un zurdazo en cámara lenta penetra el balón en el arco y estalla la euforia gloriosa, el goleador se pone frente a las tribunas para gritar con la hinchada que ruge como una fiera hecha de multitudes, y los demás jugadores se amontonan en torno al héroe para festejarlo, abrazándole entre todos hasta hundirlo bajo los cuerpos extasiados por el gol; y de pronto comienzan los machotes a besarse de emoción y casi terminan haciendo el amor, en una escena orgiástica digna de Fellini. Las carcajadas del público premiarán aquella genial improvisación del maestro Bizot y un nutrido aplauso le dirá al mimo que su arte deleita, conmueve, divierte y cuestiona. Y el artista, desde su silencio plural, hará una humilde venia.

Sin duda, el silencio es su fuerza. En el mimo el silencio es parte del lenguaje, de hecho es un idioma. El idioma sin palabras; aquel que pueden expresar sin barreras de raza o geografía un niño chino y un niño aymara unidos por este arte sin mediación de la ONU.

Pero además Bizot devela una dimensión ética del silencio como lenguaje: “El silencio es lo que queda del lenguaje cuando no hay más que decir, es el lugar de la memoria”, nos explica. Y dice más, hablando del silencio: “Para mentir sobran las palabras, se miente con palabras; pero el silencio no miente”.

Ruptura con Marceau

Tres MimosPhilippe Bizot comenzó pronto a marcar distancia de Marcel Marceau bajo la influencia de un maestro que fue su favorito: Jean-Louis Barrault, quien —a contrapelo del estructurado Marceau— combinaba la pantomima con un humor al estilo de Buster Keaton y Charles Chaplin, a quienes hoy Bizot no sólo admira, sino también los imita con perfecta tecnicidad en varias de sus piezas.

A diferencia de Marceau que explotaba al máximo las posibilidades técnicas de la Pantomima con propósitos estrictamente figurativos, Bizot subordina la técnica —rigurosa siempre— a un fin narrativo y discursivo que comunica ideas, cuenta historias y cuestiona conciencias, además de emocionar, divertir y conmover que son objetivos del buen teatro, como dijo César Brie en un memorable diálogo con Coco Mayorga.

Marcel Marceau universalizó esa famosa técnica de fingir las palmas de las manos moviéndose pegadas a un vidrio por detrás; la marca de Bizot es la articulación del gesto y el silencio como nuevo idioma universal. Marceau era un hijo acartonado de la Segunda Guerra Mundial, Bizot vivió las barricadas libertarias del Mayo Francés.

El principal aporte de Philippe Bizot al arte de la pantomima es fundamentalmente intelectual e ideológico. Su proceso creativo comienza en la escritura. “Para definir un número en mi repertorio, escribo una idea, luego la pinto y después la corto, como una imagen, y llevaré eso al escenario”, nos explica. Este extraño procedimiento es el método de sentir-pensando, agresivamente subjetivo. Eso hace que su pantomima sea un arte poético y no el atemorizante maniqueísmo (de maniquí) del solemne payaso mudo con la cara emblanquecida de los años 50 y 60, que fue la huella de Marceau.

La Infancia es su Patria

Para agravar la cosa, Bizot decidió quedarse niño y vivir entre niños, aprendiendo infinitamente de ellos. Se especializó en Pedagogía de niños especiales, trabaja con infantes autistas, sordomudos y con síndrome de Down, especialmente en contextos culturales ajenos a occidente. En Bolivia, apoyado por la Alianza Francesa, formó la Escuela Amuqui (vocablo aymara que significa silencio) y en la China formó la primera Academia de Pantomima de Pekín bajo un convenio entre los gobiernos chino y francés; esta escuela tiene más de 2.000 alumnos hoy. (Escuelas similares creó —siempre apoyado por la “legionaria” Alianza Francesa— en Burdeos, Paquistán, África, Líbano y Estados Unidos).

De la cultura boliviana Bizot toma para sí el estoicismo de nuestro pueblo indígena, la capacidad de resistir en silencio para volcar lo acumulado en creativa revuelta. En la China aprendió las técnicas milenarias del kabuki, el arte de danzar actuando.

La actriz boliviana Sandra Peña interpretando en México al personaje creado por Bizot.

La actriz boliviana Sandra Peña interpretó en México al personaje creado por Bizot adaptando a García Márquez.

Tal es la influencia de la cultura boliviana en el trabajo creativo de Bizot, que en México se asoció con la actriz boliviana Sandra Peña, radicada en el DF, para quien Bizot escribió un monólogo —“Y yo, en medio de todo eso, ¿quién era?”— que es una adaptación de Cien Años de Soledad. Traspone el Macondo de García Márquez al altiplano boliviano; allí vive en un ayllu una amiga confidente de Úrsula, la centenaria mujer de José Arcadio Buendía. El personaje de la indígena anciana Icha, que cuenta recuerdos de su infancia y su vida con los Buendía, le ha dado una nueva consagración a Sandra Peña y por una vez le devolvió la palabra a Bizot.

El artista francés estuvo en Yucatán, México, antes de llegar a Bolivia.

El actor francés en Yucatán, México, antes de llegar a Bolivia.

Repertorio del genio

En 1974, con 20 años, Bizot recibó su primer galardón con el Premio Internacional de Paris al mejor mimo. Otro importante entre sus innumerables reconocimientos fue el Primer Premio en el  Festival Mundial de Teatro de Puerto Montt en el 2003. Participó en filmes y series televisivas que estelarizan su singular arte.

El concepto comunicativo que Bizot desarrolla en su capacidad de hablar con el silencio, toma cuerpo (el cuerpo del mimo) a través de un repertorio formado por hermosas piezas poéticas que son base para una antología de la Pantomima del siglo XXI.

En su pieza “El Circo”, por ejemplo, transmite una auténtica sensación de vértigo interpretando a un trapecista que se parece al personaje claustrofóbico de Hitchcock. Y, sin duda, “Día de Caza” es su obra maestra: una bella y desgarradora interpelación a la autocrítica humana por la paz, por el respeto a la vida y a la naturaleza, en estos tiempos de indolencia, depredación, guerra y maldad que imperan en el planeta.

Bizot es, además, un activista militante por la paz mundial.

Esperemos qué nos trae el genial mimo al año próximo.

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