Data: agosto 7, 2016 | 0:15
COLUMNA VERTEBRAL | El concepto fue inequívoco en el Acta de la Independencia de 1825. Lo que Bolivia decidió ser en ese momento fue nacer como República, entendida no como una forma de administración del Estado, sino como un sistema de valores que le daban sentido y que garantizaban la estructura sobre la que se movería su sociedad…

Carlos D. Mesa Gisbert | INDEPENDENCIA Y REPÚBLICA

Fundacion Republica

En el mundo de las ideas, las ideas liberales que se impusieron inequívocamente a tiempo de la fundación de la República el 6 de agosto de1825 tienen diferentes vetas. La expresada por Bolívar y Sucre, los dos más rabiosos representantes del liberalismo político en el momento del desenlace con la independencia total. Ambos llegados desde el norte, sin conocimiento ni vivencia alguna de la realidad del mundo andino, especialmente en el área mencionada Cuzco-Charcas. Este no es un detalle. Bolívar y Sucre pretendieron borrar de un plumazo una vinculación que en el corto y mediano plazo destruiría toda posibilidad de una lectura adecuada de lo que Bolivia requería para su constitución como Estado. El desconocimiento de los caciques y su importante papel de intermediación, fue el hecho más dramático de esa visión liberal. Digamos en su descargo que probablemente el momento histórico no permitía una respuesta distinta en alguien de la formación de Bolívar. La otra veta está expresada por Olañeta y lo que representaba como exponente excepcional de la elite charquina. Una concepción en la que se mezclaba la lucidez para comprender que Charcas podía y debía ser una nación separada de Lima y Buenos Aires, con la posibilidad de un control total de ese espacio geográfico por el poder político y económico de la clase que éste representaba, pero a la vez la evidencia de que las elites criollas salvo excepciones seguían asentadas en las ideas básicas heredadas de la corona, es decir sustentar su poder sobre las espaldas indígenas a través de dos mecanismos, el trabajo y el tributo.

Pero volvamos a las ideas. Esta realidad dramática, brutal incluso, no estaba reñida con una convicción que nos condujo a un destino ideológico claro, la construcción del republicanismo. Fue el nacimiento de las ideas republicanas lo que le da un valor diferenciador y especial a las ideas debatidas y aprobadas por la Asamblea Fundadora. El concepto fue inequívoco en el Acta de la Independencia de 1825. Lo que Bolivia decidió ser en ese momento fue nacer como República. República entendida no como una forma de administración del Estado, sino como un sistema de valores que le daban sentido y que garantizaban la estructura sobre la que se movería su sociedad. Esta es la cuestión fundamental. La República planteó el fin del despotismo, no sólo el desconocimiento del poder usurpado por la corona española, sino su transformación. No se trataba de volver al momento anterior a 1535, sino de proyectar lo que entonces era una visión revolucionaria y moderna, la desconcentración del poder, su equilibrio y balance a través de tres poderes diferentes coordinados pero independientes entre sí. La República implicó el reconocimiento claro de la soberanía popular delegada y la institución del voto como mecanismo de expresión de esa voluntad (voto calificado, es cierto, voto insuficiente, es cierto, pero lo que aquí importa es el principio conceptual). Finalmente, la República estableció la idea más importante de todas, la del ciudadano. Y en eso los decretos de Bolívar en Cuzco y La Paz en 1825 no dejan lugar a dudas. Ciudadano entendido como un individuo con  derechos y obligaciones. El objetivo ideal era la construcción de una sociedad entre iguales.

Esos valores, está demás decirlo, tropezaron con una realidad que limitó sino cercenó severamente las posibilidades de la construcción de una Nación consistente. La idea absurda de que la ciudadanía podría edificarse prescindiendo de los indígenas (cuestión que fue afirmándose en las dos primeras décadas de la independencia, pues al principio los textos legales del nuevo Estado no establecían tan explícitamente esa discriminación). El tema no es simple, porque se puede ver elementos de la búsqueda de inclusión desde 1809 y aún a partir de 1825, que fueron ahogados por la realidad de los estamentos de poder que decidieron de modo claro el destino de racismo y discriminación en Bolivia por demasiado tiempo, pero esa es otra historia.

Lo que buscamos demostrar es que la naturaleza de los levantamiento de 1781 y 1809 no tiene la ligazón que dan las ideas, la filosofía. En ese tránsito la idea victoriosa fue el republicanismo que se expresó de un modo impresionante en unas pocas líneas en el documento más importante de la Asamblea Fundadora, que por cierto no se encuentra en el texto clásico de la Proclama que es una conjunto de retórica bastante hueca, sino en el decreto de 13 de agosto de 1825 en cuyo primer artículo se establece: “El Estado del Alto Perú se declara, en su forma de gobierno, representativo republicano”. En su artículo tercero dice: “El se expedirá por los tres poderes Legislativo, Ejecutivo, y Judiciario, separados y divididos entre si.”. En esas pocas líneas está todo meridianamente claro. Bolívar estaba ese día en camino del Desaguadero hacia La Paz. En Chuquisaca estos dos artículos definieron claramente el destino de Bolivia: Una República.

Esa es la razón esencial que establece las líneas de diferencia entre tres momentos estelares de la historia del país: 1781 en contraste con 1809 y 1825.

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