Data: marzo 15, 2020 | 13:45
SÁLVESE QUIEN PUEDA | Urge un colchón financiero para subvencionar a los afectados, dictar medidas para bajar tarifas de los servicios básicos (agua, luz, gas, teléfono, internet) y garantizar inamovilidad y estabilidad salarial para quienes caigamos en las garras del coronavirus...

EL VIRUS DE LA MALA GESTIÓN DE GOBIERNO

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© Wilson García Mérida | Columna Sopa de Maní

A estas horas está sobre el tapete en despacho de la Presidente-candidata, si convierte el museo de Orinoca en un hospital de aislamiento para las personas atrapadas por el coronavirus, si la sede de Unasur en San Benito puede cumplir esa misma función o tal vez la misma “Casa del Pueblo” contigua al Palacio Quemado. Mientras analizan a dónde llevar a los enfermos, el colapso ya está encima. Habilitar cualquier edificio no diseñado como hospital, adaptándolo como tal,  requiere de mucho tiempo, mucho dinero para adquirir equipos adecuados y mucha ética profesional. Nada de eso tiene a la mano el régimen.

El nivel de imprevisión con que el Gobierno de Transición abordó la inminente llegada de la pandemia, ahora se refleja en una espantosa improvisación y caos colectivo.

En ningún país del mundo se ha visto que los pacientes —como el caso de la ciudadana de San Carlos— peregrinen de hospital en hospital buscando una atención que los propios médicos se niegan a dar, mientras el coronavirus se derramaba a cada paso de tan dramático peregrinaje. En ningún país del mundo se vio que vecindarios enardecidos amenacen con linchar a los enfermos por el sólo hecho portar la enfermedad.

En ningún país del mundo se ha visto que un Gobierno niege desembolsar recursos presupuestados para equipar hospitales ya construídos, como sucede con el Hospital de Tercer Nivel en Cobija, cuyo gigantesco edificio está ahí, flamante y hermoso, pero vacío e inútil.

Este cuadro de terror e incertidumbre —donde el sálvese quien pueda queda como única salida abierta—, es consecuencia directa de la irresponsabilidad del Gobierno satinador. Hace más de dos meses la ONU había recomendado a todos los gobiernos del mundo tomar las previsiones mínimas, como tener listos los hospitales exclusivos para el coronavirus y lanzar campañas intensas de educación sanitaria. El Gobierno de Bolivia no tomó ninguna de esas previsiones, estaba enfrascado en promocionar la imagen electoral de su Presidente-candidata, abusando del aparataje mediático del Estado y malversando recursos públicos en ese deshonesto afán.

Esta catástrofe comenzó el momento en que la senadora Jeanine Añez —a quien el Poder Legislativo designó interinamente para encaminar la transición post-estalinista hacia unas elecciones limpias e imparciales para curar al país del colosal fraude del 20 de octubre— claudicó de ese mandato no sin una dosis de cinismo y una conducta adúltera.

La señora Añez —que como Evo Morales dio rienda suelta a su megalomanía estimulada por los adulones de su entorno que le chupan las tetillas— traicionó a su mandato transitorio y ahora busca de todas maneras quedarse en el poder, ya sea forzando una candidatura basada en el uso abusivo de bienes del Estado, mediante un autogolpe militar o aprovechándose del mismo coronavirus para postergar indefinidamente las elecciones del 3 de mayo.

Para salvar las irresponsables omisiones cometidas en el momento de recibir la llegada del coronavirus, lo mínimo que ahora le corresponde al Gobierno es frenar la propagación de la pandemia, reducir su grado de contagio y de mortandad radicalizando la cuarentena colectiva, y protegiendo con la mayor efectividad posible a los ancianos que son los más vulnerables.

Pero no puede el Gobierno forzar la cuarentena colectiva y aislar a los pacientes con el contagio confirmado, si no dispone de un colchón financiero para subvencionar a los afectados, si no dicta medidas para bajar las tarifas de los servicios básicos (agua, luz gas, teléfono, internet), si no garantiza inamovilidad y estabilidad laboral de los enfermos en aislamiento, y si no otorga paquetes de subsistencia a las familias afectadas.

Como advirtió la presidente de Alemania Angela Merkel, lo peor está por venir, y da miedo decir por qué.

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