Data: agosto 14, 2026 | 9:37
EL SINCRETISMO COMO PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD | En Bolivia, como en la mayoría de los países con visible población indígena, la ritualidad vinculada a la fertilidad de la tierra se ha sincretizado con un intenso fervor por la Virgen María. Ello explica por qué el catolicismo latinoamericano es esencialmente mariano…

LA DIOSA KAWILLACA, HOY VIRGEN DE URKUPIÑA

En el mismo lugar de su adoración alrededor del cerro de Cota, aquella diosa indígena fue suplantada por la imagen católica de la Asunción en el marco de la extirpación de idolatrías, a fines del siglo XVI. | Fotomontaje Sol de Pando

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© Wilson García Mérida | Redacción Sol de Pando

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La adoración indígena a la Virgen de la Asunción es en los hechos el mismo culto que se rendía en tiempos del incario a una deidad puquina-aimara de la fertilidad llamada Kawillaca.

En el mismo lugar ritual, alrededor del cerro de Cota, aquella diosa indígena fue alternada con la imagen católica de la virgen de Asunción mediante la construcción del templo de San Idelfonso a fines del siglo XVI.

El culto a aquella diosa puquina-aimara de la fertilidad se celebraba en el momento agrícola de los preparativos para la siembra, que en el calendario gregoriano corresponde a mediados del mes de agosto. En el santoral católico, es la fiesta de la Asunción.

La investigación que iniciamos el año 2001, se basa en los relatos del manuscrito de Huarochiri que el sacerdote Francisco de Ávila recopiló a inicios de siglo XVII, describiendo los ritos precolombinos especialmente en la región del Collasuyo (hoy Bolivia). Entre esos relatos se halla la leyenda de la diosa Kawillaca, que hoy subsiste bajo la forma sincretizada de la Virgen de Urkupiña.

También sustentaron nuestro hallazgo estudios realizados en el siglo XX por el padre Federico Aguiló, y en los recientes años diversas fuentes de historia oral han ratificado la persistencia actual de mitos ancestrales que se remontan al Tiahuanaco.

El propósito evangelizador de suplir a la diosa Kawillaca con la imagen de la Virgen María, en el marco colonial de la extirpación de idolatrías, derivó en un fenómeno de sincretismo religioso que —en este siglo XXI— es transversal en la cultura de las festividades patronales donde la presencia de la identidad indígena es activa y protagónica. En la memoria de los pueblos indígenas, sus antiguas creencias conservan una fuerza histórica viva y latente. 

En Bolivia, como en la mayoría de los países con visible población indígena —México, Guatemala, Perú, Ecuador y Brasil por ejemplo—, la ritualidad vinculada a la fertilidad de la tierra se ha sincretizado con un intenso fervor por la Virgen María. Ello explica por qué el catolicismo latinoamericano es esencialmente mariano.

La fiesta de Urkupiña debe ser declarada por la UNESCO patrimonio cultural intangible de la Humanidad, no por su vistosidad folklórica sino por el singular sincretismo que representa. Esta celebración surgió de una fusión religiosa: entre el antiguo culto a una diosa puquina-aimara del Tiahuanaco y la veneración moderna a una Virgen de Asunción que, por extraño milagro —he ahí una evidencia irrefutable de este sincretismo—, es la única en el mundo católico que asciende a los cielos llevando al Niño Jesús en sus brazos.

MARÍA NO ASCENDIÓ CARGANDO AL NIÑO JESÚS

De acuerdo al santoral católico, la Virgen de Asunción no lleva un niño en brazos. La imagen oficial del ícono santo representa a la Madre de Jesús ascendiendo a los cielos tras su “durmición” (la Madre de Cristo tuvo una muerte sublime y poética, inmaculada, muchos años después de la Crucifixión).

Cuando tuvo que suplir a la diosa Kawillaca, la Iglesia se vio forzada a poner un bebé en brazos de la Virgen de Asunción, único modo en que los devotos indígenas podrán asociarla con aquella diosa de la fertilidad cuya leyenda, según se lee en el manuscrito de Huarochiri, se vincula con un hijo recién que concibió para el dios Huiracocha.

Kawillaca era una deidad de la fertilidad vinculada a la semilla. Está representada por una doncella que concibió un hijo para el dios Cuniraya Huiracocha. | Fotomontaje Sol de Pando

LA LEYENDA DE KAWILLACA Y HUIRACOCHA

Durante los reinados imperiales de los incas Túpac Yupanki y Huayna Cápac, el culto a la diosa Kawillaca se celebraba en el momento agrícola de los preparativos para la siembra, que en el calendario gregoriano corresponde a mediados del mes de agosto.

Kawillaca era una deidad de la fertilidad vinculada a la semilla. Está representada por una doncella que concibió un hijo para el dios Cuniraya Huiracocha sin experimentar contacto carnal. La doncella se había petrificado y deificado en el cerro de Cota, con su hijo en brazos, al descubrir que el padre del niño andaba entre los ayllus como un mendigo andrajoso poniendo a prueba la calidad humana de las personas.

Cuando los evangelizadores de la Conquista española llegaron a la “llacta” de Cochabamba, extirparon el culto a Kawillaca prohibiendo una competencia ceremonial de llamas cerreras en la colina de Cota e impusieron en su lugar la entronización de la Virgen de la Asunción, que el santoral católico fija como día de su fiesta patronal el 15 de agosto.

En 1585 comenzó a construirse el templo de San Idelfonso, junto al cerro de Cota, con la misma estructura arquitectónica de la iglesia que habían edificado los jesuitas en la ciudad castellana de Toledo. Se desconoce cómo y cuándo se introdujo la imagen de la Virgen de Asunción en esta iglesia, adoptando el nombre de Urkupiña, palabra que significa “ya llegó al cerro”, en referencia a la antigua competencia de llamas cerreras en su honor.

Según en padre Federico Aguiló, cuando la llama sacrificial más fuerte y veloz alcanzaba la cúspide del cerro, los llameros de Arque y Tapacarí exclamaban:

“¡Orko piña kayku, orko piña kayku!”.

EL RELATO DE HUAROCHIRI

La fiesta propiciatoria de agosto, según el manuscrito de Huarochiri, se realizaba para pedir los favores de aquella doncella madre lamada Kawillaca, «que también era huaca». La historia de esta deidad está consignada en el capítulo 2 del mencionado manuscrito:

«Como era de extremada belleza» —dice Ia leyenda—, «todos los huacas y huillcas deseaban acostarse con ella, que todavía conservaba su virginidad plena, pero siempre los rechazaba«.

Cuniraya Huiracocha se fijó en la doncella. Este dios supremo nacido en el Tiahuanaco, tenía la rara costumbre de mezclarse entre los hombres comunes vestido con ropas de mendigo, para así juzgar con verdadero conocimiento de causa a generosos y nobles que lo respetarían a pesar de su apariencia, o a mezquinos y soberbios que lo despreciarían tratándolo como «pordiosero piojoso». A los unos prodigaba con abundante cosecha, y a los otros los condenaba a sufrir sed eterna y quedar estériles de por vida.

Con su sola palabra preparaba el terreno para las chacras y fructificaba las sementeras.

También hizo muy bien construidos los canales de riego y sus desagües, con sólo arrojar una flor de caña llamada phupuna.

Cuando Cuniraya Huiracocha conoció a la doncella Kawillaka, se enamoró perdidamente de ella y la deseó con desbordante pasión.

Sucedió que esta mujer, que nunca se había dejado tocar por un hombre, estaba tejiendo debajo de un árbol de lúcumo.

Así pues, se dice que Cuniraya Huiracocha, sabio como era, se subió a aquel árbol convertido en pájaro y allí encontró un fruto maduro donde puso su semen haciéndolo caer delante de ella.

Ella, sin vacilar, se lo engulló muy contenta.

Se dice que de esta sola manera apareció grávida sin que varón alguno se la haya acercado y al cabo de los nueve meses dio a luz como toda mujer. Así parió, virgen como se hallaba,

Durante más o menos un año crió sola a su hijo,  amamantándolo. Siempre se preguntaba quién sería el padre.

Al cumplirse el año, cuando el niño comenzaba a caminar a gatas, convocó ella a todos los dioses mayores y menores para que pudiera identificarse al progenitor.

Cuando oyeron el mensaje, todos los huacas se regocijaron mucho y acudieron vestidos con su más fina ropa.

Cuando llegaron al lugar donde residía esa mujer, todos los huacas y huillcas se sentaron; entonces ella les habló: «Vean ustedes, señores, reconozcan a este hijo, ¿quién de ustedes lo engendró conmigo?»

Y a cada uno le preguntó si era él. «¿Fuiste tú, o tú…?»

Pero ninguno se atribuyó la paternidad.

Se dice que al ver a Cuniraya Huiracocha sentado en un rincón, aislado y solitario, como un mendigo en extrema pobreza, ni se le ocurrió preguntarle, pues le parecía imposible que hubiera podido ser engendrado por aquel hombre con tan mala traza, habiendo tantos varones hermosos presentes.

Ante la dificultad de resolver la incógnita de la paternidad, Kawillaca decidió soltar a la wawa dejando que el niño reconozca a su padre por sí mismo, a quien se le dirigiría gateando para subirse en su regazo. Y así lo hizo, pero cuando la doncella vio que el padre elegido por el niño era el andrajoso del rincón, ella exclamó: «Ay de mí,  ¿cómo he podido yo dar a luz el hijo de un hombre tan miserable?».

Y huyó con el niño perdiéndose entre las aguas.

Entonces Cuniraya Huiracocha dijo: «¡Enseguida me ha de amar!» y, vistiéndose con un traje de oro, empezó a seguirla; (…).»Hermana Kawillaka«, la llamó, «mira hacia aquí, ahora soy muy hermoso«, y se irguió iluminando la tierra.

Pero Kawillaca no volvió el rostro hacia él. Con la intención de desaparecer para siempre por haber dado a luz el hijo “de un hombre tan horrible y sarnoso”.

Adolorido por esa pérdida, Huiracocha instituyó en culto a su amada una competencia de llamas cerreras al inicio de la siembra, a orillas de las lagunas o cerca a las playas del mar, según la región del Tahuantinsuyo donde Kawillaca era venerada.

Durante los reinados imperiales de los incas Túpac Yupanki y Huayna Cápac, el culto a la diosa Kawillaca se celebraba en el momento agrícola de los preparativos para la siembra. | Fotomontaje Sol de Pando

LA RELIGIÓN DE LA FERTILIDAD

El culto a las deidades femeninas de la fertilidad Kawillaca y Chaupiñamca, así como a los dioses uránicos y agrícolas Cuniraya Wiracocha, Pariacaca, Macahuisa, Pachacámac, etcétera, comenzó a generalizarse en el Tahuantinsuyo durante el reinados del inca Túpac Yupanqui, una vez que el soberano había pactado con los señoríos puquina-aimaras del Collasuyo la política de fomentar, desde el Estado imperial, los ritos politeístas que habían entrado en conflicto con el proyecto monoteísta solar del dios quechua Inti. Durante su campaña de conquista henoteísta a las deidades del Collasuyo, Túpac Yupanqui pasó por Cochabamba en 1470.

Wayna Cápac, hijo de Túpac Yupanqui, consolidó el proyecto civilizatorio de su padre desplazando hacia Cochabamba poblaciones mitimaes que llegaron desde Quito y Cuzco para unificar la religión emergente en el Tahuantinsuyo. Sin un sustrato religioso hegemónico, base de todo consenso, era inviable para el Inca desarrollar su gestión expansiva en lo económico y lo militar. En ese marco, Huayna Cápac llegó a Cochabamba alrededor del año 1500 para repartir tierras a los mitimaes y administrar personalmente la construcción de esta “llacta” como un centro productivo, ceremonial y castrense fundamental para la expansión del imperio hacia el trópico de Moxos.

Deidades como Kawillaca o Cuniraya Huiracocha eran veneradas en una extensa territorialidad que abarcaba desde la costa peruana hasta el altiplano boliviano, cruzando el Titicaca desde el Cuzco hasta las estribaciones del Poopó y las costas de Atacama, pasando por el valle de Cochabamba. Esa territorialidad sacral es correlativa al modelo económico incaico que John Murra definió como “control vertical de un máximo de pisos ecológicos”, es decir un desplazamiento poblacional desde un origen étnico común hacia una diversidad geográfica en pos de la complementariedad productiva. En este caso, los mitimaes de Huayna Cápac eran los portadores andantes de esa economía y esa religión hegemónicas.

LA LLAJTA DE COCHABAMBA, UN REINO DEL SINCRETISMO

En el espacio sacral de la “llacta” de Cochabamba, hay muchas otras expresiones de sincretismo religioso tan contundentes como la de Urkupiña con la Virgen de Asunción tomando el lugar de la diosa Kawillaca.

En Tapacarí, por ejemplo, aún está presente la leyenda del dios agrícola Cuniraya Cuniraya Huiracocha que reapareció en 1918 bajo la forma de un Cristo mendigo, para anunciar la inundación del río Huateca que dio fin con el esplendor señorial de aquel pueblo.

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Con fragmentos del libro, inédito, “Huiracocha y Kawillaca: Dualidad y sincretismo en el horizonte utópico”. Investigación antropológica del periodista Wilson García Mérida.


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