Data: enero 7, 2017 | 21:23
COLUMNISTA INVITADA | Cuando la verdad importa poco, vale más lo instintivo y visceral. Sin embargo, siempre fue así...

Mireya Sánchez | SOBRE LA POSVERDAD

Pasó a la historia el especialista, sea este filósofo, politólogo, economista, lo que sea, ahora es el turno del más gracioso, del ocurrente, del loco, del imprevisible. Ante los datos engorrosos, los contrapesos, la razón fundamentada, prima el rumor, el insulto, la descalificación, lo falso y lo chistoso…

© Artículo publicado originalmente en el diario Opinión, 7 de enero, 2017

ACERCA DE LA AUTORA
Mireya Sánchez Echeverría es Licenciada en Filosofía y Letras y Magíster en Estudios del Desarrollo con especialidad en Gestión y Evaluación de Proyectos Sociales. Realizó varios proyectos y publicaciones bajo la temática de género. Docente Investigadora Adjunta del Instituto de Investigación de la Facultad de Humanidades Universidad Mayor de San Simón (UMSS) de Cochabamba, y docente en las Carreras de Lingüística Aplicada a la Enseñanza de Lenguas y Comunicación Social en la UMSS y en la Universidad Católica Boliviana (UCB) San Pablo de Cochabamba. Integra el Equipo Permanente de Investigadores del Centro Cuarto Intermedio.

A fines de 2016 el Diccionario Oxford entronizó un neologismo como la palabra del año: la posverdad. ¿Marca la definición una nueva era? Sí, cuando el término cobra sentido a partir de la explosiva combinación entre las redes sociales y su intensivo uso por las grandes masas irracionales; y relevancia cuando pretende explicar cómo la formación de la opinión pública y la toma de decisiones políticas ─tal el caso del Brexit, la derrota de Hillary Clinton y el fracaso del referéndum de las FARC en Colombia, entre otros ¿incluimos el zapatazo?─, se realiza más a partir de opiniones forjadas bajo el influjo de los sentimientos, los instintos y los prejuicios y menos ante los datos ciertos y los argumentos sopesados.

¿Cuál su caldo de cultivo, de fermentación y expansión? Ya se dijo, las redes sociales, el twitter, el facebook, y allí los blogs, los sites que se constituyen en espacios privilegiados desde donde se encumbran los blogueros de moda, los articulistas “in” de los medios y los hacedores de memes, reyes absolutos de la manipulación mediática. Son estos los nuevos divos de la opinión pública que ocupan un sitial preferencial gracias al número de “fans” y “seguidores” conquistados a guisa de alimentar copiosamente sus emociones más básicas, sus rudimentarias creencias, sus prejuicios fundamentalistas, sus supersticiones baratas. Pasó a la historia el especialista, sea este filósofo, politólogo, economista, lo que sea, ahora ─y como bien dice Rodrigo Fresán─, es el turno del más gracioso, del ocurrente, del loco, del imprevisible. Ante los datos engorrosos, los contrapesos, la razón fundamentada, prima el rumor, el insulto, la descalificación, lo falso y lo chistoso. Certero Fresán.

Cuando la verdad importa poco, vale más lo instintivo y visceral. Sin embargo, siempre fue así. No es más recordar a Parménides de Elea, el fundador de la metafísica y su inconmensurable desprecio por la doxa, la opinión de los muchos, frente a la episteme, el saber profundo del elegido, del sabio, del que se aparta del camino de los simples mortales para ir en pos del verdadero conocimiento. El pensamiento riguroso y honesto, a pesar de ser accesible a todos, fue siempre minoritario ante la banalidad y el prejuicio de las grandes mayorías, y ojo, ese rasgo elitista del recto razonar está exento de todo esnobismo, ya que lo caracteriza su apertura y el respeto a la divergencia argumentada.

Entonces, si la tendencia general de la humanidad fue y es seguir las opiniones sin cuestionárselas, si las leyes de la lógica son del dominio de pocos ¿cuál es la novedad en el frente? ¿Qué ha cambiado con la posverdad? Pues la masificación apocalíptica de la opinión vulgar y de la estupidez. A más de ello, la posverdad significa la posibilidad que las grandes masas incorpóreas constituyan un colectivo, embotado sí, pero dotado de voluntad y poder para imponerse no solo ya a la clase política dominante, o a la clase intelectual, otrora rectora de las grandes ideas, sino de imponerse sobre todo a la lógica, a la razón y al sentido común.

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