Data: agosto 12, 2014 | 13:51
CRÍTICA DE CINE | Sobre "Olvidados", película boliviana actualmente en proyección...

LOS TORTURADORES TAMBIÉN LLORAN

Olvidados

El filme quiere más bien lograr la redención -olvido y perdón- de los gorilas de la bota militar. Queremos creer que sorprendido en su buena fe,  el Ministerio de Culturas de la “Revolución Democrática y Cultural” fue uno de los patrocinantes de esta cursi propaganda redentora del gorilismo…

© Sergio de La Zerda

Imagine usted lo siguiente: un buen día, a la actriz de culebrones Verónica Castro (Los ricos también lloran) se le ocurre hacer una película de ficción sobre la violencia política durante el Gobierno del PRI en México. ¿Tendría alguna credibilidad el proyecto? Salvando las grandes distancias de personajes y hechos, algo así nos acaba de ocurrir con la cinta boliviana Olvidados. 

Pero es que uno veía cierta prolijidad -ya casi milagrosa en el cine nacional- en el tráiler; la presencia del actor boliviano Cristian Mercado (Che II – Guerrilla, 2008) auguraba que la cosa no andaba tan mal, al igual que la del portugués Carlotto Cotta (Tabú, 2012). Además, se iba uno enterando de que el guion fue trabajado a lo largo de 11 años y de que hasta el director, el mexicano Carlos Bolado, había competido alguna vez por un Oscar. Entonces, que en el guion hubiera participado la actriz cochabambina -por lo general de telenovelas- Carla Ortiz (a la vez productora y protagonista) podía haber sido tomado como una anécdota, o como la cuota obligada de star system para que los medios -tan propensos a la farándula y no a la cultura- le den el espaldarazo al filme. Nada adelantaba el desastre. ¿O sí?

Incluso a partir de su título, Olvidados pretende ser una evocación de lo sufrido por las víctimas de las atroces dictaduras digitadas por Estados Unidos en nuestro continente vía Plan Cóndor, una necesaria reivindicación de la memoria histórica. Sin embargo -ya se lo dijo en estas páginas-, nos venden gato por liebre. Y es que -Banzer debe estar chocho en su tumba, al igual que uno de sus zombies de apellido Quiroga- el filme quiere más bien lograr la redención -olvido y perdón- de los gorilas de la bota militar. Lo confiesa la misma sinopsis oficial: “José, un general boliviano retirado, después de un infarto y viéndose postrado en su lecho de muerte atormentado por los recuerdos de esa época e invadido por un profundo remordimiento, decide contarle a su único ‘hijo’ sus secretos más grandes en busca de redención” (si usted, por otro lado, no intuye desde esta última línea el predecible final, debe volver a repasar la tabla de multiplicar del uno).

Y, paralelamente a la historia de ese atormentadito/general/viejito/don José, se narran las de unos dementes zurdos que casi casi merecían todo lo que les iba a suceder. Acá sí la cosa alcanza ribetes -nunca mejor dicho- siniestros por el derroche explícito de sangre, magulladuras y babas -del tipo Hostel o Saw-, elementos con los que, ante la pobreza del argumento, se desea captar la atención de un espectador incauto o adicto a las lacras del cine gore.

En medio, Olvidados se esfuerza por ser un monumento a los lugares comunes tan propios de todo culebrón. Están, claro, el sacarinado romance de una risueña Ortiz con un periodista/izquierdoso/que/descrubre/la/verdad, el coronelote malo maloso, el torturador grasa y, por supuesto, los seudohippies melenudos cantando una de Silvio Rodríguez para hacer la revolución. Y, como hermoso colofón, entre tanto violento vejamen uno puede escuchar además los -hilarantes- llamados a la “tolerancia”, en la ajailonada voz de una “apolítica” Ortiz.

Hablando de Ortices, la vergüenza ajena más notable la consigue el actor boliviano Jorge Ortiz -nada que ver con Carlita, que sepamos- en una tan gratuita como lamentable escena, encarnando a un funcionario de migración tan solo para reforzar el franco discurso fascista del despropósito (Parafraseando a otro zombie: Caracho, me quiero morir. ¡¿Nadie leyó el guion antes de prestarse a semejante absurdo?!).

Así las cosas, está claro que, si alguna buena suerte debe correr Olvidados, es, precisamente, la de ser borrada de la memoria. Fuentes fidedignas nos informaron que podría surgir un proceso judicial por la autoría del filme, en principio escrito por Mauricio d’Avis. Y yo le recomendaría a ese joven que contrate ya nomás un abogado para el pleito, pero, eso sí, encargándole al leguleyo que su nombre sea eliminado de todo lo que tenga que ver con esta infamia. Y -cuánta tristeza para los que por décadas hemos pretendido seguir sus pasos en la crítica de cine- otro que debería estar pensando ya nomás en borrar con el codo lo que escribió con la mano es un otrora maestro de la crítica, autor de una elogiosa e increíble reseña de la cinta. Alguna vez alguien me dijo que envejecer es perder el sentido del asco. Nada más cierto. Y eso se aplica también a otro notable actor de cine y teatro Luis Bredow, para quien que Olvidados tenga una cierta calidad técnica (¿no es la mínima obligación de cualquier artista ofrecer una obra bien hecha?) se constituye en un “salto” para el cine boliviano. Así estamos. Ese es nuestro nivel.

Por nuestro lado, trataremos sin embargo de mantener firme el asco para con el mal cine -así sea “hecho en Bolivia”-, para con sus gestores, difusores y, muy especialmente, para con sus empresarios. El más conspicuo de ellos, el español Jordi Chaparro, propietario del cine Center, haciendo gala de su -ya acostumbrado- descriterio, dijo que la de Bolado era la “mejor” película boliviana, afirmación que condena a todo un movimiento con -aunque escasos- muy prestigiosos representantes. Aun pasando por alto que un capitalista del entretenimiento no tendría por qué saber de séptimo arte, lo mínimo que se le exige es un buen trato a sus clientes. Y es que asistimos a ver Olvidados al Center -no había de otra- tan solo para sufrir una nueva y tortuosa experiencia (¡y van, por docenas van!).

En primer lugar, es del todo irrespetuoso con el espectador -sucede todo el tiempo- no tener un horario fijo para las proyecciones al manejar tres roles, uno en los diarios, otro en su sitio web y otro más en la red social. ¿O es una obligación llamar al oneroso número de pago para tener certeza de a qué hora se debe ir a depositarles dinero? Y, puesto que la entrada cuesta más de cinco dólares (un verdadero choreo para un país como este), ¿no podrían al menos garantizar un aire acondicionado adecuado y baños medianamente limpios? ¿Hasta cuándo?

Lejos de sus propósitos oficiales, la tragedia de Olvidados grafica a cabalidad otra de más actualidad, la del cine boliviano. Las crisis creativas, de rigor, producción, difusión, investigación y apoyos (de modo irónico -y queremos creer que sorprendido en su buena fe- el Ministerio de Culturas de la “Revolución Democrática y Cultural” fue uno de los patrocinantes de esta cursi propaganda redentora del gorilismo) amenazan sus últimos estertores de supervivencia. Estamos en agosto y ningún director del país ha estrenado una película de ficción en 2014. Aunque a estas alturas ya no sabemos si eso es bueno o malo, ¿cuándo -y con todas las de la ley- nacionalizaremos nuestro cine?

Artículo originalmente publicado en el suplemento La Ramona de Opinión, 10 de agosto, 2014
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