Data: septiembre 13, 2016 | 6:36
SIGNIFICADO ANCESTRAL | "Llacta" es un santuario territorial de los dioses locales que gobiernan sobre esta tierra, incluidos los ayllus devotos que los adoran...

Huayna Cápac fundador originario de Cochabamba: ¿Qué es la “Llacta”?

Fragmento del dibujo con la figura del inca Huayna Cápac realizado por Felipe Guamán Poma de Ayala en su "Primer Nueva Crónica y Buen Gobierno", manuscrito redactado entre los años 1600 y 1615. | Reproducción Sol de Pasdo

Fragmento del dibujo con la figura del inca Huayna Cápac realizado por Felipe Guamán Poma de Ayala en su “Primer Nueva Crónica y Buen Gobierno”, manuscrito redactado entre los años 1600 y 1615.

Para entender esta palabra tan simple y densa a la vez, que connota memoria larga, sincretismo secular y una identidad cosmopolita que pone en un mismo plano lo antiguo y lo moderno, hay que remontarnos a esa esplendorosa civilización que nos fue legada por el inca Huayna Cápac, el fundador originario de Cochabamba, en Kanata. Al hijo pródigo del inca Tupac Yupanki nuestro valle le debe ese eterno apodo, “llacta” en los escritos coloniales, “llajta” en el habla mestizada del cochabambino actual…

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En la castellanización de vocablos originarios que provienen del quechua o el aymara, no hay normas establecidas que definan sus maneras ortográficas y gramaticales, por el simple hecho de que las lenguas andinas no se escribían sino se transmitían por la tradición oral. La castellanización escrita de estas lenguas es por tanto convencional y casi siempre arbitraria.

Así, el vocablo “llacta”  —tal como figura en todos los textos antiguos y en modernos estudios antropológicos y etnolinguísticos— en Cochabamba se dice “llajta”,  voz suavizada por el señorío hispano-urbano de esta localidad fundada por Huayna Cápac. “Llacta” resulta más cercana a la fonética quechua-aymara y con ella me quedo; porque además así la pronunciaban los incas según las crónicas de Guaman Poma de Ayala.

Ahora bien, ¿qué significa exactamente “llacta”? La respuesta viene del filólogo Gerald Taylor en una excelente traducción del manuscrito quechua de Huarochiri por encargo del Instituto de Estudios Andinos del Perú:

“En el texto de Huarochiri, numerosos indicios muestran que los informantes checas emplean el término en un sentido difícilmente comprensible para el evangelizador cristiano Ávila. En el capítulo 2:7, el redactor encerró ´huaca´ entre ´llacta´ y la terminación plural ´cunupas´ para aclarar el sentido de ´llacta´ en este contexto. En el capítulo 24, una glosa al margen (´significa ydolo´) precisa el sentido de ´llactacuna´. Los ´llactas´ o huacas locales, protectores de diversas comunidades, eran muy estimados y los invasores de las alturas se apropiaban de ellos, practicaban su culto y, posiblemente, los incorporaban al esquema genealógico de sus propios dioses y antepasados. Traducimos este sentido de ´llacta´ por ´huaca local´. Las comunidades protegidas por los ´llactahuacas´ se definen como ´llactayoc´ (´los que poseen la llacta´); encontramos la misma terminación ´yoc´ agregada a los nombres de varios ´llactahuacas´ (como notaron los investigadores de idolatrías, ´todos los nombres antiguos de los pueblos son los de la huaca principal´, para indicar las comunidades que protegen)”.

Siguiendo a Taylor, “llacta” significaría para Cochabamba, en el contexto fundacional de Huayna Cápac, algo así como “el santuario territorial de los dioses locales (‘huacas’) que gobiernan sobre esta tierra, incluidos los ayllus devotos que los adoran”.

Cochabamba se quedó con este hermoso apodo por ser la “llacta” más importante en el periodo expansivo del imperio incaico. Aquí se concentraban las tropas del Inca y sus mitimaes pacificadores que, desplazados desde Quito y Cuzco, iban camino a los trópicos amazónicos (queriendo abrir ya la ruta Cochabamba-Moxos), quechuañizando a los aymaras, muy poco antes de la conquista española. Aquí se almacenaban las provisiones de maíz para alimentar a esa multitud civilizatoria y alrededor de las “qollcas” (silos maiceros) se celebraban las fiestas agrícolas más espectaculares, rindiendo culto a las pródigas deidades de la fertilidad, nuestras entrañables y adoradas “huacas”.

Texto publicado originalmente en la edición impresa de Los Tiempos, 6 de septiembre, 2015

LOS MITIMAES DEL INCA FUNDADOR

Durante la expansión incaica que suponía la conquista quechua desde el Cusco sobre los pueblos aymaras del Collasuyo, los estadistas incas emprendieron un proceso masivo de desplazamientos poblacionales conocidos como «mitimaes», cuya finalidad era reemplazar a las poblaciones rebeldes aymaras con habitantes leales al dios quechua Inti, «relocalizando» grandes masas en todo el imperio para garantizar esa emergente hegemonía sustentada sobre una intensificación de la producción agrícola en esta zona. Cochabamba estuvo en el centro de esa estrategia llevada a cabo durante el incanato de Huayna Cápac, quien gobernó entre 1493 y 1525. Según Teresa Gisbert, el emperador Huayna Cápac decidió que el centro y cabeza de playa del imperio para la repartición de mitimaes sería Cochabamba («Kochaj-pampa»), pues era «un valle fértil que después de la guerra con los naturales había quedado completamente deshabitado». Tristan Platt explica con mayor detalle aquel proceso: «Así, el Inka pudo emprender un vasto programa de producción maicera en el Valle de Cochabamba. Grupos mitimaq fueron traidos desde fuera del Qullasuyu para cuidar los depósitos donde se guardaban las cosechas bajo la dirección de un miembro de la élite inka. Los habitantes nativos del valle (aymaras, nr) fueron enviados a defender la frontera chiriwana al Sudeste. Las tierras así vaciadas fueron trabajadas por 14.000 maluri (mitimaes rotativos, nr), enviados por los mallku de todo el Qullasuyu. Los trabajadores tenían sus propias parcelas, cedidas por el Inka, (...). En otros contextos, sin embargo, los Charka y los Karakara recibieron un tratamiento especial por parte de los inka; fueron seleccionados como sus guerreros predilectos, y liberados de toda fanea aparte de la producción maicera para el Estado en el Valle de Cochabamba». David Pereira, que dirige el Instituto de Investigaciones Arqueológicas y Antropológicas de la Universidad Mayor de San Simón (UMSS), sostiene que «en el sector Oeste del valle central cochabambino (área comprendida entre los actuales pueblos de Quillacollo y Sipe Sipe, el inca Huayna Cápac organizó un complejo mecanismo de distribución de tierras y de trabajo para producir maíz con grupos étnicos aymara-quechuas, habitantes de diversa procedencia, transportando parte del producto al Cuzco y el resto para sostener la penetración del ejército hacia los valles del Sudeste del actual territorio boliviano». Según la tradición oral que pervive desde aquellas épocas, la elección de nuestro valle como centro motor de la más importante empresa conocida en los años últimos del imperio incaico (apenas tres décadas antes de la conquista española), había dado a Cochabamba su fama como «Granero del Inca». El sector Oeste al que alude Pereira abarca las actuales poblaciones de Quillacollo, Sipe Sipe, Vinto, Pairumani, El Paso, Colcapirhua y Tiquipaya, asentadas todas ellas en las faldas de la coordillera del Tunari. Un poco más distantes, aunque bajo la misma influencia, se hallaban las punas y valles de Tapacarí, Arque, Paria, Ayopaya, Pocona y Mizque, proveedoras de tubérculos y hortalizas para su intercambio con el maíz. En esta área tan extensa, Huayna Cápac erigió un centro administrativo que apoyaba la expansión militar y económica del imperio apuntando hacia los territorios chirguanos y yuracarés en el Chaco y los trópicos del Chapare y Moxos, ante una eventual irrupción guaraya en estos valles interandinos. Esta “llacta” fue una auténtica urbe habitada por las principales divinidades del imperio en convivencia con una masa poblacional devota y próspera. De ese desaparecido mundo aun quedan vestigios utópicos en el alma del cochabambino común.

© Wilson García Mérida | Servicio Informativo Datos & Análisis
Durante la expansión incaica que suponía la conquista quechua desde el Cusco sobre los pueblos aymaras del Collasuyo, los estadistas incas emprendieron un proceso masivo de desplazamientos poblacionales conocidos como “mitimaes”, cuya finalidad era reemplazar a las poblaciones rebeldes aymaras con habitantes leales al dios quechua Inti, “relocalizando” grandes masas en todo el imperio para garantizar esa emergente hegemonía sustentada sobre una intensificación de la producción agrícola en esta zona. Cochabamba estuvo en el centro de esa estrategia llevada a cabo durante el incanato de Huayna Cápac, quien gobernó entre 1493 y 1525.
Según Teresa Gisbert, el emperador Huayna Cápac decidió que el centro y cabeza de playa del imperio para la repartición de mitimaes sería Cochabamba (“Kochaj-pampa”: tierra pantanosa), pues era “un valle fértil que después de la guerra con los naturales había quedado completamente deshabitado”.
Tristan Platt explica con mayor detalle aquel proceso:
“Así, el Inka pudo emprender un vasto programa de producción maicera en el Valle de Cochabamba. Grupos mitimaq fueron traidos desde fuera del Qullasuyu para cuidar los depósitos donde se guardaban las cosechas bajo la dirección de un miembro de la élite inka. Los habitantes nativos del valle (aymaras, nr) fueron enviados a defender la frontera chiriwana al Sudeste. Las tierras así vaciadas fueron trabajadas por 14.000 maluri (mitimaes rotativos, nr), enviados por los mallku de todo el Qullasuyu. Los trabajadores tenían sus propias parcelas, cedidas por el Inka, (…). En otros contextos, sin embargo, los Charka y los Karakara recibieron un tratamiento especial por parte de los inka; fueron seleccionados como sus guerreros predilectos, y liberados de toda fanea aparte de la producción maicera para el Estado en el Valle de Cochabamba”.
David Pereira, que dirige el Instituto de Investigaciones Arqueológicas y Antropológicas de la Universidad Mayor de San Simón (UMSS), sostiene que
“en el sector Oeste del valle central cochabambino (área comprendida entre los actuales pueblos de Quillacollo y Sipe Sipe), el inca Huayna Cápac organizó un complejo mecanismo de distribución de tierras y de trabajo para producir maíz con grupos étnicos aymara-quechuas, habitantes de diversa procedencia, transportando parte del producto al Cuzco y el resto para sostener la penetración del ejército hacia los valles del Sudeste del actual territorio boliviano”.
Según la tradición oral que pervive desde aquellas épocas, la elección de nuestro valle como centro motor de la más importante empresa conocida en los años últimos del imperio incaico (apenas tres décadas antes de la conquista española), había dado a Cochabamba su fama como “Granero del Inca”.
El sector Oeste al que alude Pereira abarca las actuales poblaciones de Quillacollo, Sipe Sipe, Vinto, Pairumani, El Paso, Colcapirhua y Tiquipaya, asentadas todas ellas en las faldas de la coordillera del Tunari. Un poco más distantes, aunque bajo la misma influencia, se hallaban las punas y valles de Tapacarí, Arque, Paria, Ayopaya, Pocona y Mizque, proveedoras de tubérculos y hortalizas para su intercambio con el maíz. En esta área tan extensa, Huayna Cápac erigió un centro administrativo que apoyaba la expansión militar y económica del imperio apuntando hacia los territorios chirguanos y yuracarés en el Chaco y los trópicos del Chapare y Moxos, ante una eventual irrupción guaraya en estos valles interandinos. Esta “llacta” fue una auténtica urbe habitada por las principales divinidades del imperio en convivencia con una masa poblacional devota y próspera. De ese desaparecido mundo aun quedan vestigios utópicos en el alma del cochabambino común.
Está muy claro que fue el inca maicero el verdadero fundador de Cochabamba, esta región pantanosa que dio fortaleza agrícola al imperio en expansión. El principal centro urbano fue Kanata, la actual ciudad capital de esta “llacta” que según la traducción de Gerlad Taylor significa lugar donde conviven las deidades y sus adoradores. No es casual por ello que, actualmente, Cochabamba sea el centro de importantes agrupaciones religiosas como los Adventistas que hallaron en Vinto algo parecido al edén, o los Mormones que construyeron en Queru Queru un bunker antiatómico. Pero la mayor evidencia viva y palpitante de este legado multireligioso es indudablemente la fiesta de Urkupiña, celebración que originalmente era el culto a una “huaca” representada por una fértil deidad aymara que concibió un hijo al ingerir un fruto inseminado por un dios-pájaro que pactó con los quechuas.  La conquista española desarrolló una estrategia evangelizadora sincretizando ese culto ancestral con la poderosa imagen mariana y desde entonces Cochabamba es un bastión católico central.
Los cochabambinos fuimos originalmente un pueblo aymara muy religioso. Huayna Cápac nos trajo genes quiteños y cuzqueños vía mitimaes quechuas, y después los españoles nos cristianizaron a fuego y sangre. (WGM)
llactacracia@yahoo.com
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