Data: septiembre 6, 2015 | 6:28
COLUMNA VERTEBRAL | Trascender a las personas o perecer. La capacidad de un modelo para demostrar su éxito está en sus condiciones para ser mucho más que una encarnación individual…

Carlos D. Mesa Gisbert | EL PROCESO Y SU TRASCENDENCIA

Proceso de Cambio

Nadie puede representar la totalidad de lo que un proceso político busca como respuesta y solución para una sociedad. La razón es muy simple, los seres humanos, perecederos como somos, tenemos un fin biológico irreversible. Ese fin, por supuesto, es un guiño para la historia…

http://carlosdmesa.com/La palabra «proceso» tiene varias definiciones en el diccionario de la Academia: acción de ir hacia adelante. Transcurso del tiempo. Causa criminal. Puede también leerse su acepción vinculada a la idea de infinito: acción de seguir una serie de cosas que no tienen fin.

En política depende del país. En Argentina, por ejemplo, se ha identificado con la etapa más tenebrosa de su historia, los gobiernos militares del periodo 1976-1982, que con alrededor de 30.000 vidas segadas violentamente, se conocieron como el «Proceso». La connotación depende del contexto. La percepción que tengamos de la palabra estará vinculada a nuestra propia experiencia. Como toda idea y, sobre todo, como construcción imaginada, adquiere una fuerza gigantesca. No hay arma más poderosa que la palabra, lo decía con sus versos Blas de Otero.

El «Proceso de Cambio» es, como se ha bautizado, el momento político que se inició en Bolivia el 22 de enero de 2006. En la primera gestión del Presidente Morales se vivieron tensiones que estuvieron a punto de desgarrar el país, hechos de violencia característicos de etapas en las que se gesta una nueva etapa y, por supuesto, cambios tanto simbólicos como reales que generaron una nueva realidad política, económica y social. Se trataba entonces de una apuesta muy ambiciosa que además de modificar nombres y símbolos nacionales, pretendía una transformación de los valores colectivos.

https://twitter.com/carlosdmesagSu brújula no tuvo de inicio un norte claro. El primer impulso fue anclarse en la fuerza de lo indígena y en la idea de darle a quienes no habían estado en el centro de las decisiones, no solo la oportunidad sino el derecho de gobernar. El andinocentrismo y la mirada dominantemente aymara marcó esa primera fase. Pero los gobernantes fueron dándose cuenta progresivamente de que si no se acercaban a la clase media urbana, mayoritaria en términos demográficos, su consolidación en el largo plazo no estaba garantizada. Lo hicieron sobre dos instrumentos, un cambio relativamente significativo del discurso y, sobre todo, una bonanza económica que dio una doble imagen de estabilidad política y bienestar económico.

El gobierno escogió esas dos palabras: Proceso de Cambio, para su propia identificación y logró imponerlas en el país. Hay un matrimonio entre el término y quienes gestionan hoy nuestro destino. Lo que no está claro es que representan esas palabras realmente.

El concepto de proceso tiene que ver con la construcción de un sistema, de una forma cuya densidad y profundidad es tal que se proyecta en el tiempo, no en virtud de la circunstancia, sino de la estructura. Todo proceso de cambio que realmente ha modificado una sociedad hasta sus raíces, tiende por la naturaleza de aquellas transformaciones, a mantenerse en el tiempo en tanto su influencia y su credibilidad estén vigentes. El éxito o el fracaso de una propuesta histórica de magnitud tiene que ver con las instituciones que ha construido, con sus valores y sobre todo con la capacidad de la forma partido y de la forma Estado para reproducirse más allá de las personas. Las ideas plantadas como fértiles semillas debieran haberse sembrado en un campo propicio y, en consecuencia, reproducirse  como intrínsecas convicciones de generación en generación.

Trascender a las personas o perecer. La capacidad de un modelo para demostrar su éxito está en sus condiciones para ser mucho más que una  encarnación individual. Nadie puede representar la totalidad de lo que un proceso político busca como respuesta y solución para una sociedad. La razón es muy simple, los seres humanos, perecederos como somos, tenemos un fin biológico irreversible. Ese fin, por supuesto, es un guiño para la historia. Si toda trascendencia política, económica y social es aquella que representa uno y solo uno de nosotros, hay un alto grado de mezquindad en los objetivos del cambio o, la otra posibilidad, un evidente fracaso en la propuesta misma. Si los seguidores del proceso creen de veras que nada es posible más allá ni más acá de quien manda, es que se ha producido un quiebre de uno de los principios elementales de la dialéctica de la historia. Por definición un proceso no es ni puede ser una persona. Por evidencia, como diría Brecht, las grandes obras no son producto de la acción mágica de una persona, sino el resultado de la obra de una sociedad en su conjunto. ¿No es la interpretación marxista una proclamación de fe en el poder transformador de las masas y en su propia capacidad de construir el futuro?

https://www.facebook.com/people/Carlos-D-Mesa-Gisbert/623809066El debate pertinente no es solo el que hace un país, sino el que debieran hacer quienes propugnan que lo que vivimos es un proceso. ¿Somos tan poco exigentes con nuestros propios desafíos que nos basta con creer en un «gran timonel»? ¿Es en eso que consiste el cambio? ¿Todo se remite a la idea del alfa y el omega transferido a la lucidez de una sola mente? ¿Necesitamos una conducción iluminada para no despeñarnos en cualquier abismo?

Una de las contradicciones de muchas de las mayores aventuras humanas ha sido la de creer que solo son posibles por la brillantez de un solo conductor imprescindible. Una sociedad que asume que solo puede caminar  porque es guiada adecuadamente, acepta la evidencia de su minusvalía, se resigna a la dramática realidad de que el proceso del que supone ser parte se extraviara o se extinguirá cuando quien lo representa desaparezca. Nadie puede ser un proceso social colectivo. Un proceso político, social o económico, para serlo, tiene que serlo en la mente y el espíritu de gran parte de una sociedad.

Hace un par de semanas escuche a Pepe Mujica decir: «No hay líderes imprescindibles, hay causas imprescindibles».

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