Data: julio 26, 2015 | 5:45
COLUMNA VERTEBRAL | Esta modernización tardía pero imprescindible puede, sin embargo, llevar a la confusión. Seguir adelante con el camino a recorrer en esa dirección es necesario, pero no ya a partir de los parámetros que marcaba el reloj en 1960 o 1970, sino de acuerdo al crono del siglo XXI…

Carlos D. Mesa Gisbert | ¿MODERNIZACIÓN TARDÍA?

Este momento mágico permitió por fin a Bolivia encarar los retos de la modernización ya ejecutada en la mayoría de América del Sur.

Este momento mágico permitió por fin a Bolivia encarar los retos de la modernización ya ejecutada en la mayoría de América del Sur.

http://carlosdmesa.com/La historia del desarrollo boliviano de la segunda mitad del siglo XX tuvo que contar con una estructura productiva anclada en la monoproducción, la dramática y brutal estratificación social, el aislamiento, los desafíos de una compleja geografía, su limitada población y su incapacidad por lograr construir las bases de la articulación regional, inclusión social y educación básica. Ese contexto retardo los logros que buena parte de los países sudamericanos en ese período.

La Revolución de 1952 consiguió dar un salto cualitativo muy significativo, sobre todo a partir de la Reforma Agraria, el Código de la Educación,y la ejecución de parte del Plan Bohan con miras a la integración del oriente, pero su enfoque económico no fue acertado, la nacionalización de los recursos minerales no transformó  ni la economía minera ni la economía nacional. El proyecto industrialista no funciono, a lo que se sumó el grave desincentivo a la iniciativa privada que quedo a merced de una dependencia perversa de los contratos estales, a despecho de su tarea de inversión a partir de incentivos y facilidades que nunca llegaron.

https://twitter.com/carlosdmesagPor esa razón el proyecto desarrollista del último gobierno de la revolución y el primero de las dictaduras militares no pudo, a pesar de su diseño, colocar al país en la senda de una transformación estructural que le permitiera lograr las metas básicas de una nación del siglo XX. La batalla por cumplirlas, imprescindible para dar el gran salto, fue una obsesión permanente de los diferentes gobiernos del siglo pasado, pero los problemas estructurales de nuestra sociedad eran un freno que parecía irreversible. Lo evidente era que el mercado interno no generaba la masa crítica mínima y el tamaño de la economía, anclada en la maldición de las materias primas dominantes en cada periodo parecía imposible de moverse.

La democracia llegó envuelta en el drama de la crisis económica y el desafío de una propuesta alternativa apoyada en la economía abierta y en el paradigma de reducir el Estado. Sus respuestas tuvieron que ver con desafíos de coyuntura, pero también con propuestas estructurales de transformación que sirvieron de base a los cambios vividos en este siglo en lo que toca a la inclusión y la igualdad. Pero la cuestión económica enfrentaba un problema que parecía irresoluble, el crecimiento promedio de la segunda mitad de la centuria además de errático fue insuficiente. Fue imposible lograr una década entera con un crecimiento cuyo promedia estuviera en el 4,5%. Con una economía de tamaño tan esmirriado el impulso era de una lentitud que dejaba al país fuera de juego.

https://www.facebook.com/people/Carlos-D-Mesa-Gisbert/623809066Lo impensado ocurrió. Coincidieron dos vectores, la propuesta política de cambio de paradigma encarnada por Morales y la oportunidad económica más espectacular de toda nuestra historia republicana, quizás sólo comparable con lo que representó el Cerro Rico para la economía imperial española. La multiplicación de los panes y los peces vino por la vía del mayor crecimiento de los precios de las materias primas quizás en toda la historia republicana latinoamericana.

La combinación de esa circunstancia que se mantuvo casi inalterable durante una década, sumada a las políticas macroeconómicas internas, generaron fenómenos nunca antes vistos, un crecimiento próximo al 5% durante nueve años seguidos, un superávit equivalente sin antecedente ni siquiera remoto, pero sobre todo el crecimiento exponencial del Producto Interno Bruto que en menos de una década se multiplicó por tres.

Este momento mágico permitió por fin a Bolivia encarar los retos de la modernización ya ejecutada en la mayoría de América del Sur. La inversión intensa y sostenida en infraestructura, con antecedentes relevantes durante el período democrático, cobró un ritmo y una velocidad que permiten pensar que el país por fin recupera competitividad y transforma las vidas de compatriotas que por siglos vivieron cerca de una mala carretera de tierra, sin luz y sin agua. Bolivia, finalmente, puede completar su camino de modernización. Este proceso tardío se hace posible porque, como nunca antes, las condiciones de tamaño, de escala, de disponibilidad de recursos, permiten la planificación de iniciativas de inversión que dependen más de la cantidad que de la planificación en sí misma. Lo que se ha hecho en este década es y, parece que seguirá como modelo, terminar las tareas básicas del desarrollismo asociado a la modernidad, imprescindible para resolver tareas de lo que podríamos llamar una segunda generación de modernidad mucho más asociada a las cuestiones que plantea la sostenibilidad como reto y el cambio climático como amenaza.

En otras palabras, el gobierno ha hecho lo que tenía que hacer para completar la infraestructura de comunicaciones, de telecomunicaciones, de acceso a la luz eléctrica y al agua, en menor medida pero también, a servicios básicos de saneamiento. A la par, ha encarado iniciativas vinculadas a procesos de industrialización en el marco de la propia naturaleza productiva del país, especialmente en el rubro de hidrocarburos.

Esta modernización tardía pero imprescindible puede, sin embargo, llevar a la confusión. Seguir adelante con el camino a recorrer en esa dirección es necesario, pero no ya a partir de los parámetros que marcaba el reloj en 1960 o 1970, sino de acuerdo al crono del siglo XXI. El peligro de que la caída de los precios ensombrezca el escenario lleva al gobierno a una lógica cuestionable en el marco del nuevo desarrollo, que es debatible en el siglo XXI. La respuesta es producir más de lo mismo, exploración y explotación en nuevos escenarios de los mismos recursos. Es simple pero arriesgado, es una propuesta que no resuelve integralmente lo que un país de hoy debe hacer en una  lógica de modernidad que no es la misma que la que dominó la segunda mitad del siglo anterior.

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