Data: noviembre 25, 2018 | 11:30
HISTORIA DE LA BLONDITUD | Desde la erudición estética, de la mano de Marylin, el autor nos lleva a un placentero viaje en el volátil mundo contemporáneo del peróxido. Memorable texto que fue publicado hace diez años en la revista AtaralaratA…

Jorge Komadina Rimassa | UNA FENOMENOLOGÍA DE LAS (FALSAS) RUBIAS

© Texto original publicado el 30 de enero, 2008, en el blog de AtaralaratA
En cada morena dormita una falsa rubia | Adagio popular

Las rubias constituyen una categoría fuera de serie, una identidad concluyente y exhaustiva. Y sin embargo, tengo la certeza que el clan de las rubias no involucra aquello que los antropólogos llaman una “identidad esencialista”, básicamente porque una mujer no nace rubia, deviene rubia, si me permiten parafrasear esa línea que tan famosa hizo a Simone de Beauvoir. Ese pequeño milagro que permite atravesar la frontera identitaria entre rubias y morenas, y transitar del Ser al Devenir, es simple, rápido, indoloro y barato: la peroxidación capilar. Si, pero esa pequeña magia es también… explosiva y peligrosa.

En Blonde, un magnífico libro sobre Marylin Monroe, la escritora norteamericana Joyce Carol Oates cuenta que sus cabellos “desprendían de cerca un olor explosivo, muy remarcado por sus amantes”. ¿No se dice acaso que MM era una bomba sexual? En la misma onda (explosiva), el escritor francés Jean Echenoz, en su novela Les Grandes Blondes, hace decir a uno de sus personajes que “El peróxido de azote es igualmente utilizado para la confección de ciertos explosivos, la propulsión de ciertos cohetes“. Jean Harlow, The original blonde, la primera rubia platino de Hollywood murió trágicamente a la edad de 26 años, según se dice como consecuencia de una substancia tóxica en el cabello. ¿Será por una casualidad, entonces, que en el idioma inglés encontremos rimas y juegos de palabras entre die (morir) y dye (teñir)?

Nos aproximamos al nóumeno. Las rubias verdaderas son tan raras como las trufas negras. Algunos expertos en “blonditud” (presento mis excusas por este neologismo) como Michel Sones y Joanna Pitman estiman que las rubias auténticas no sobrepasan el 5% de la población mundial; por el contrario, según estos autores, más de un tercio de las mujeres norteamericanas tiñen de rubio sus cabellos. “Parece que las rubias escasean por estos pagos” dice el King Kong de Cabrera Infante. Sea como fuere, este detalle es poco relevante: el don genético puede ser sustituido por una técnica corporal aprendida. El dominio de esta hexis corporal involucra una manera de desplazarse (las rubias no caminan, se desplazan), de hablar, de mirar y, ciertamente, de seducir. Maneras de habitar el cuerpo, en suma, que son interiorizadas hasta tal punto que parecen automáticas y “naturales”. Tal vez por ello no me parece una extravagancia que en Estados Unidos existan escuelas donde se aprende el arte de ser rubia. Madonna, otra de las célebres (falsas) rubias, lo dijo mejor que nadie: “Ser rubia es un estado de ánimo… el artificio de ser rubia tiene una increíble connotación sexual“.

Varias generaciones de mujeres han aprendido esas técnicas, miméticamente, a través del cine y la televisión. Aunque la historia de las falsas rubias comienza probablemente con las hetarai griegas y las cortesanas de la Roma decadente, damas que teñían su cabello con orín de caballo y caca de paloma, los años 40 y 50 en Hollywood deben ser considerados como el siglo de oro de las rubias, valga la redundancia. Como Boticelli y Tizianno, el cine gringo hizo rubias a las diosas: Jean Harlow, Mae West, Marilyn Monroe, Shirley Temple, Doris Day, Madonna, Rita Hayworth, Grace Kelly. ¿Qué mujer no quería ser como ellas? La rubia fatal y evanescente es uno de los grandes mitos de la sociedad de consumo, creado por la industria cinematográfica pero ciertamente anclado en una mentalidad colectiva que mira a la mujer rubia como un ser excepcional.

Hablando de cine y ambigüedades, nadie mejor que el maestro Hitchcock para explorar las ambivalencias estéticas y morales que rodean a las rubias. Sus actrices son altas, perfectas y glaciales; su belleza atemoriza pero se convierte también en objeto de agresión, las rubias terminan convertidas en víctimas atemorizadas: hay algo amenazante en ellas, algo oscuro.

¿De dónde proviene esta fascinación por los cabellos rubios? Según Joanna Pitman, la fascinación por las mujeres rubias es un código simbólico que ha estado presente en varias culturas occidentales desde los tiempos más remotos. Los romanos, por ejemplo, estaban fascinados por los bárbaros germanos a tal punto que los hacían prisioneros solamente para confeccionar pelucas rubias. Nietzsche habló de las “bestias rubias”, sin dios ni ley, que asolaron Europa a la caída del imperio. Otra autora, Domenique Fretard, señala que la palabra “blond” es de origen germánico y recién fue reconocido en el idioma francés en 1080. Parece que los rubios siempre fueron los “otros”.

Otra especialista, Paula Tuovinen, cuenta que durante el siglo XIX la heroína rubia y frágil se convirtió en el ideal romántico de las mujeres europeas. En el siglo XX, la Era de las Ideologías, el estereotipo rubio se convirtió en el símbolo de la pureza aria que tanto fascinó a los nazis. Mutatis Mutandis, la mujer rubia, blanca y de ojos azules fue también el ícono de la propaganda stalinista, que giraba en torno a la hegemonía eslava sobre un vasto archipiélago étnico. En ambos casos, encuentro que la “blonditud” se convierte en un catalizador ideológico y étnico.

Pero, finalmente, son los norteamericanos quienes han instalado, con la ayuda de Hollywood, un poderoso imaginario que asocia el canon estético con la vitalidad sexual de las rubias. Si, pero además, en el sueño americano, la rubia debe ser tonta para ser perfecta. Los chistes que hacen los varones norteamericanos sobre las falsas rubias (por ejemplo: ¿Que significa un rayito de pelo negro en una cabellera rubia? Una brizna de esperanza) son una suerte de venganza inconsciente por esa capacidad de las mujeres de manipular la personalidad… con la ayuda de L’Oreal.

Se dirá que trato un asunto jalado de los cabellos. Tal vez. Pero sostengo que es imposible hablar de rubias verdaderas sin referirlas inmediatamente a las rubias falsas: falso/verdadero: Norma Jean/Marilyn Monroe. Se trata de un sistema binario, cuyos elementos no actúan por separado, rico en connotaciones y estereotipos. Una de las imágenes más recurrentes sobre las falsas rubias está asociada a la femme fatal, al símbolo sexual, encarnada en personajes como MM o Jean Harlow, mujeres de régimen estético nocturno, apasionadas y divertidas. Otro estereotipo connota inocencia y fragilidad, expresada, por ejemplo, en las figuras de Shirley Temple, Doris Day o Heidi, mujeres de régimen diurno, pastoras, vitales y lácteas. El tercer estereotipo es menos inocente porque vincula a las falsas rubias con el poder: el Blonde Power. Margaret Thatcher, Madonna, Hillary Clinton e incluso la Princesa Diana (de quien se dice que cada día luce más rubia) son el ejemplo de mujeres cuyo autocontrol y poder han sido construidos con ayuda de la peroxidación.

Vamos al asunto, como dicen los fenomenólogos de raza. Hay quienes, radicales en sus opiniones, piensan las falsas rubias son una especie de alegoría de la globalización, una suerte de producto transgénico de primera generación, bajo cuya sombra se perfila el mito ario. No comparto plenamente esa idea. Prefiero pensar que estamos ante una de esas “técnicas del Yo”, de las que hablaba Foucault, que permiten un control reflexivo del cuerpo. Ello implica —¿por qué no?— manejar simultáneamente distintas estéticas y pulsiones. Ya lo dijo Louise Brooks : “Soy una rubia de cabellos negros“. Julio Jaramillo no lo dijo, lo cantó, celebrando “el color azabache de tu blonda cabellera“.

“En ‘Blonde’, un magnífico libro sobre Marylin Monroe, la escritora norteamericana Joyce Carol Oates cuenta que sus cabellos ‘desprendían de cerca un olor explosivo, muy remarcado por sus amantes’. ¿No se dice acaso que MM era una bomba sexual?” | VIDEO

Fuentes.-
Jean Echenoz: “Les Grandes Blondes” Minuit, París, 1996
Dominique Frétard: “Ces créateurs qui percent le mystère des blondes“, Le Monde 08.11.2002
Joyce Carol Oates: “Blonde” Stock, París, 2000
Joanna Pitman: “Blondes“, Bloomsbury, USA, 2003

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