Data: abril 15, 2013 | 13:13
El sucesor de Chávez, de origen obrero y ex rockero, ganó las elecciones venciendo una dura campaña mediática trasnacional que intentó castigarlo por su estilo chavista “políticamente incorrecto”

En triunfal equilibrio democrático, Nicolás Maduro inicia nueva etapa revolucionaria

La continuidad de la Revolución Boliviariana está garantizada con la elección de Maduro como sucesor histórico de Hugo Chávez. | Fotomontaje Sol de Pando

La continuidad de la Revolución Boliviariana está garantizada con la elección de Maduro como sucesor histórico de Hugo Chávez. | Fotomontaje Sol de Pando

Maduro logró vencer en las urnas, además de las propias contradicciones internas del proceso bolivariano, los ataques despiadados contra su figura personal y política, orquestados por la CIA y los sectores más recalcitrantes de la ultraderecha anticastrista concentrada en Miami, que desplegó un monstruoso aparato mediático para desacreditar al sucesor de Hugo Chávez con las mismas intrigas y falsedades con que el propio Chávez era vilipendiado antes de su muerte….

© Wilson García Mérida | Redacción Sol de Pando

“Que se haga la auditoría que se quiera hacer. Confiamos en el Consejo Electoral de Venezuela. Los más interesados somos nosotros. Le solicito al Consejo una auditoría de cara al país para que no queden dudas de los resultados”, declaró el Presidente electo de Venezuela, Nicolás Maduro Moros, en su primer discurso tras conocerse los resultados oficiales de los comicios, pasada la media noche del domingo.

El Consejo Nacional Electoral entregó el cómputo con el 99, 12% del escrutinio, pasadas las 00.45 horas, y determinó el triunfo del candidato del gobierno, que es el sucesor de Hugo Chávez, con el 50,66%  (7.505.338) de los votos en las elecciones de este domingo con lo que Nicolás Maduro es el nuevo Presidente legalmente elegido de Venezuela hasta 2019.

Su rival, Henrique Capriles obtuvo el 49.07% (7.270.403) de los sufragios, mientras que otros candidatos sumaron el 0,26% (38.756).

Votaron en la histórica jornada alrededor de 19 millones de venezolanos inscritos en registros del Consejo Nacional Electoral (CNE). Los electores asistieron a las urnas, como es tradición ya en la actual democracia venezolana, en un ambiente de tranquilidad y paz ciudadana, según destacó la presidenta del CNE, Tibisay Lucena.

Lucena dijo que “ante el resultado tan cerrado se conversó con ambos candidatos para hacerles saber la situación y que la tendencia era irreversible”.

Como estaba previsto por los seguidores de Maduro, Henrique Capriles se niega admitir su derrota denunciando que existen “ unas 3.000 incidencias» que ameritarían a una auditoría electoral “voto por voto”.

Maduro respondió al nuevo gesto hostil y agresivo de Capriles asegurando que confía en el sistema electoral venezolano y aceptó la posibilidad de ampliar las auditorías de la votación y contar el 100 por ciento de los votos. «Tengan la seguridad que si el CNE hubiese dicho que otro candidato había ganado estaría aquí dando la cara (…) porque esta constitución ha sido construida con nuestros puños», enfatizó el flamante Presidente Electo.

«Hoy podemos decir que tenemos un triunfo electoral justo, popular y constitucional… Para ser candidato se tiene que seguir una normativa. Y yo dije que si pierdo por un voto entrego el poder», dijo Maduro a tiempo de exhortar a la ciudadanía venezolana no dejarse llevar por las persistentes maniobras de Capriles que intenta «crear violencia e inestabilidad contra la revolución y contra la democracia del país».

Maduro y los molinos de viento que enfrentó

La diferencia de aproximadamente dos puntos entre Maduro y Capriles representa unos 300.000 votos a favor del candidato chavista, cifra que si bien eleva la presencia institucional de la oposición en los órganos legislativos (que también fiscalizan), no es muy distante al 55% de votos obtenidos por el presidente Hugo Chávez en las elecciones del 7 octubre pasado, frente al 45 por ciento que obtuvo Capriles contando con un aparato mediático trasnacional de sectores ultraderechistas de Miami que conspiran contra los procesos de transformación en Latinoamérica desde la Revolución cubana.

Maduro, a quien Chávez designó personalmente su sucesor para dar continuidad a la Revolución Bolivariana en un acto excepcional contemplado por la Constitución venezolana, no pudo mantener el 55% que obtuvo Chávez en las elecciones de octubre por dos razones básicas:

  1. El natural desgaste del proceso de la revolución bolivariana que comenzó a mostrar sus contradicciones internas con el afloramiento de tendencias prebendales, autoritarias y neo-estalinistas, expresadas en un recrudecimiento de la corrupción y el debilitamiento de los derechos humanos y de la seguridad ciudadana, además de una tendencia hiperinflacionaria que se hizo más palpable tras la muerte de Chávez, quien impulsó un proceso de integración latinoamericana sin precedentes con la creación de organismos alternativos como el Alba, Celac, Petrosur, e incluso Telesur, a costa de la propia economía de Venezuela, principal productor petrolero de la región.
  2. Los ataques despiadados contra la figura personal y política de Nicolás Maduro, orquestados por la CIA y los sectores más recalcitrantes de la ultraderecha anticastrista concentrada en Miami, que desplegó un monstruoso aparato mediático (incluyendo las redes sociales) para desacreditar al sucesor de Chávez con las mismas intrigas y falsedades con que el propio Chávez era vilipendiado antes de su muerte. Dicha campaña enmarcada en las tradicionales tácticas de la CIA conocidas como “Operaciones Sicológicas” (Opsic), comenzó con intrigas —expresadas por el propio Capriles— sobre las circunstancias de la muerte de Chávez que dieron lugar a la posesión constitucional del Presidente Encargado; luego atacaron a Maduro en el plano personal acusándole de ser “colombiano”; y finalmente la campaña más sañuda fue ridiculizar de manera exagerada un discurso de Maduro cuando narró una metáfora del espíritu de Chávez que se le había presentado en forma de un “pajarito chiquitico”.

Reconducción cualitativa del proceso

Maduro está consciente que el inusitado ascenso de la derecha en el escenario político de su país obliga a la revolución bolivariana —para preservarse y avanzar hacia sus objetivos históricos aún en proceso— reajustarse especialmente en el plano ético y de urgentes eficiencias dentro la gestión pública, con una tolerancia proactiva hacia acciones fiscalizadoras con que Capriles indudablemente intentará minar la credibilidad del nuevo gobierno chavista. Maduro tiene la oportunidad de ganar para el campo de la revolución a corrientes éticas y democráticas de la inteligencia liberal no fascista de Venezuela, todavía hoy alineada con Capriles; así como a los sectores «librepensantes» de la izquierda anti-autoritaria ya incorporada en buena parte dentro los programas culturales y movimientos estéticos que se gestan en el seno del proceso bolivariano. Es el momento de la radicalización democrática dentro la Revolución venezolana.

El contrapeso emergente del reciente proceso electoral deberá inclinar su balanza hacia una hegemonía revolucionaria del chavismo, basada en el respeto democrático e irrestricto a los derechos ciudadanos, en la transparencia y en una lucha indiscriminada contra el nepotismo y la corrupción.

Sabe Maduro que el problema de la delincuencia y la inseguridad ciudadana en las grandes urbes venezolanas son problemas latentes aún no resueltos por la revolución bolivariana —que priorizó durante los mandatos de Chávez el desarrollo rural y agrario—, y que son inherentes a aspectos de eficiencia y transparencia en la gestión pública referida al desarrollo urbano.

El sucesor de Hugo Chávez admitió ante sus electores que el proceso de la revolución bolivariana necesita “correcciones” en los planos económico y también político, “profundizando el poder popular” con una participación más activa de la sociedad civil en las decisiones de Estado. “Empieza una nueva etapa, la de la eficiencia, la honestidad absoluta, la etapa del poder popular”, afirmó Maduro en su primer discurso como Presidente Electo desde el Palacio de Miraflores.

Maduro se ha propuesto replantear los gastos y financiamientos políticos que fueron necesarios, durante Chávez, para consolidar organismos como el Alba. Se impondrá una política de mayor control de aquellos recursos que en algunos casos, como en Bolivia, han sido malversados por los gobiernos beneficiarios abusando la amistad del entonces presidente Chávez.

La visión que tiene Maduro acerca de la integración latinoamericana a través de órganos como el Alba y la Celac, creados por iniciativa de Chávez, será más pragmática que ideológica, y por tanto más flexible y eficiente. De hecho, durante su discurso en los funerales de Hugo Chávez, Maduro dio claras señales que Venezuela desarrollará una política de acercamiento y trabajo más estrecho con los gobiernos de Chile y Colombia, a partir de una agenda puntual de integración y pacificación del continente que va más allá de la discrepancia ideológica o la rencilla política.

El problema es si la derecha venezolana, en sus expresiones fascistoides representadas por Capriles, será capaz de comprender esta renovada visión democrática e integradora proyectada por Maduro como una continuidad leal y honesta con los postulados bolivarianos que legó a Venezuela Hugo Chávez, el caudillo.

Maduro, el asistémico necesario

Durante el frustrado golpe de Estado que el capitán Hugo Chávez Frías había encabezado en febrero de 1992 asumiendo personalmente la responsabilidad política de ese hecho, en un acto de valor civil que le convirtió en un líder popular, Chávez contó con el apoyo cívico y social de fuerzas obreras y estudiantiles que participaron del golpe en una perspectiva insureccional. Los trabajadores del transporte público fueron parte de ese apoyo, mediante una red clandestina de comunicaciones que brindaron los chóferes del Metro urbano, a la cabeza de un joven militante marxista llamado Nicolás Maduro, quien además había sido, en los años ochenta, guitarrista y vocalista de una banda de rock llamada “Enigma”, popular entre estudiantes de la clase media en Caracas.

La esposa de Maduro, Cilia Flores, era una estudiante de Derecho que a poco de egresar se enfrascó en la defensa de Hugo Chávez luchando judicialmente por la excarcelación del capitán boliviariano, habiéndose ganado la compañera de Maduro un lugar propio dentro la Revolución sin necesidad de ningún «aval» familiar ni partidario de última hora. Similar caso se dio en Uruguay con la esposa guerrillera del actual presidente Mujica.

Maduro acompañó desde entonces a Chávez en todos los periplos que se encausaron para la construcción del Estado Bolivariano de Venezuela. Presidió la Asamblea Legislativa y llegó a ejercer la Cancillería de Venezuela, y luego la Vicepresidencia que lo habilitó como Presidente Encargado tras la muerte de Chávez, con una rigurosa racionalidad que recoge la ética obrera enriqueciendo el pensamiento bolivariano de su mentor.

Si alguna gran diferencia existe entre Chávez y Maduro, es que el gran caudillo de la revolución tenía una  formación militar que lo apasionó por los asuntos del Estado, mientras el Encargado de continuar la obra de Chávez es un obrero que mira hacia la sociedad civil como el complemento estratégico del momento. Pero ambos desarrollaron el don común de saber comunicarse con el pueblo mediante un lenguaje coloquial y simple, apelando a la poesía, la música y la narrativa. La lucidez de Chávez al elegir a Maduro como el prosecutor de su obra, hizo que este complemento sea posible después de su muerte.

Maduro es un político “asistémico” cuyo estilo de origen obrero representa una tendencia libertaria que está exacerbando a las fuerzas más reaccionarias de Venezuela y Latinoamérica.

En sus discursos ante su audiencia de pueblo, Maduro utiliza recursos narrativos y lúdicos que el propio Hugo Chávez usaba en sus presentaciones públicas —cantando, contando anécdotas y narrando fábulas—, muy parecidos al estilo zapatista del subcomandante Marcos; y que la izquierda y la derecha tradicionales, más aún la ultra derecha, son incapaces de concebir porque lo consideran “políticamente incorrecto”.

De ahí que la famosa anécdota del “pajarito chiquitico” que Maduro contó en Barinas (el pueblo donde nació Chávez) fue estigmatizada y ridiculizada por Capriles y sus operadores mediáticos de Miami con una saña fascista e intolerante que demuestra la indolencia del adversario que Maduro debe enfrentar internamente.

Los detractores de Maduro su burlaron de su historia del pajarillo con epítetos de odio puro como aquel que lo acusaba de ingerir sustancias prohibidas, de tener “bajo coeficiente intelectual” o de “insultar la inteligencia de los venezolanos”.  Y sin embargo esa anécdota, además de hermosa, es un tributo de fervor a la memora de Hugo Chávez y un homenaje al imaginario popular de aquella gente humilde que prefiere escuchar esas narraciones llenas de simbolismo, que promesas electorales que nunca se cumplirán, insultos, ofensas y amenazas como los que abundaron y abundan en los violentos discursos de Capriles.

Narrativamente, la anécdota de Barinas mostró la sensibilidad poética, creatividad y capacidad estética de Nicolás Maduro, que bien podríamos comparar con la narrativa desarrollada por el Subcomandante Marcos a través de sus personajes “Don Durito» (un escarabajo sabio), «El Olivio» (un niño futbolista descalzo), “El Viejo Antonio”, etcétera, siempre presentes en las arengas y manifiestos zapatistas.

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